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Amor, amor… (segunda parte)

En tiempos recientes se han publicado muchos estudios que buscan analizar el papel de la música popular en la conformación del nuevo discurso amoroso. Por ejemplo en “Rock and Sexuality” de Simon Frith y Angela McRobbie (Routledge, 1979) se contrasta la función del rock “masculino” frente al “pop romántico”. En el texto se argumenta en extenso sobre los distintos referentes del amor que ambos discursos proveen. La música popular sería una de las cuadrículas más importantes donde uno puede colocarse en referencia al amor,  con distintos modos de sentir  y de relacionarse. Según los autores la versión “femenina” del amor tendería a enfatizar las emociones, el cuidado, entrega y sacrificio, mientras la masculina enfatizaría una versión falocéntrica.

John Shepard ha comentado sobre el asunto en Music and Male Hegemony (Cambridge, 1987). En su investigación concluye que es notable la diferencia del uso vocal masculino en géneros como el metal o la power ballad (con frecuentes falsetes y en general voces de rangos limitados) frente a géneros con voces femeninas más amplias, calidas y acogedoras. Podríamos resumir el contraste con una alegoría sexual muy simple: enfatizar la penetración o la caricia. Esa parece ser la cuestión que enfrenta al discurso amoroso en los géneros de la música popular reciente. Sin embargo otros autores como Tia DeNora en The Biology Lessons of Opera Buffa: Gender, Nature and Burgeois Society on Mozart’s Buffa Stage (Cambridge, 1997) afirman que las diferencias anotadas anteriormente están vigentes en las imágenes manejadas en la ópera y la música clásica al menos desde los tiempos de la Ilustración.

Sin embargo, parece que esos roles de género dominantes por varias generaciones están cambiando. En las últimas tres décadas vemos cada vez más expositoras femeninas dentro de géneros como el rap, el rock, la trova y el pop cuyo discurso trata abiertamente los problemas generados por el estereotipo del que son víctimas las mujeres en la música popular. Críticas a la promiscuidad masculina (¿a nadie le parece raro oír a una mamá decir a su hijo que debe tener muchas mujeres, pero quejarse de que su marido también las tenga?), a la falta de atención hacia las necesidades de la mujer y muchs sutilezas más. Se sugiere en tiempos recientes que la mujer logró por fin apropiarse de los tratamientos tradicionales de género y ha logrado modificar lenta pero seguramente los mismos. Sea por la vía de la ironía, la parodia o la caracterización, las concepciones sexistas, dominantes y discriminadoras son lentamente minadas en sus cimientos. Sin embargo las visiones más retrogradas del papel de la mujer en la sociedad muestran resistencias inusitadas al cambio.

Pero como todo lo relacionado con las artes la cuestión no es puramente artística, sino política, económica y social. La música suele funcionar dentro de instituciones creadas para su producción y consumo. En el caso de las sociedades occidentales de la postguerra la hegemonía de géneros como el rock y el pop sajón se encuentra vinculada a una ideología artística vinculada al mundo del varón educado con posibilidades de decisión e influencia dentro de la industria en los periodos del auge psicodélico y hippie. No es accidental el reciclamiento constante de las estéticas del folk-rock, prog-rock, psycodelic rock y más tarde de los géneros negros legitimados por el consumo blanco como el soul, funk y las variantes de la música disco.  Cualquier persona medianamente atenta se percatará que los últimos 20 años hemos vivido de una dieta rica en “revivals” donde el calificativo de “retro” es omnipresente. Esto es tan absurdo, que aún he hablado con gente hoy día que no gusta de la música electrónica con el argumento de que prefieren “lo natural”, lo que no se hace con máquinas. Como si los pianos, saxofones o arpas crecieran en árboles o algo por el estilo, y no fuesen máquinas musicales muy complejas.

Estás instituciones artísticas son, como cualquier otra institución humana, producto de una estratificación ocupacional, lo que hace que los géneros y artistas pocos familiares (y en buena medida las necesidades de los grupos con menos voz, como las mujeres o las minorías raciales) sean marginalizados. Esto tiene un doble sentido, ya que la exclusión ha generado importantes núcleos de producción artística con una influencia duradera, aunque en su momento hayan sido discursos con un impacto muy pequeño. Nótese la popularidad de todo lo marginal, del “underground”, al menos en el discurso de los grupos sociales con una aspiración al consumo del arte de cualquier grado.

Esto no significa que las diferencias de género sean tajantes y definitivas. Desde los 90 la estética del pop femenino (los llamados “girl groups”) ha permeado y “feminizado” a sus pares masculinos. Está negociación y renegociación continua en la representación musical de las ideas de amor y romance hace que estemos sujetos a continuas innovaciones culturales en cuanto a las experiencias y formas emocionales que se vuelven paradigmas sociales.

Y es que la música es uno de los medios más importantes para el encuentro, y formación, de parejas románticas. La cultura del antro , llámese discoteque, bar musical, club o lo que sea, es indisociable de la formación de parejas en la cultura urbana occidental. La subcultura de la fiesta musical se vuelve tan importante que muchos jovenes buscan la acumulación de experiencias musicales (ir a todos los conciertos o noches de antro posibles) como un medio de adquirir prestigio (¿Cómo? ¿No fuiste a Radiohed? Si me hubieras conocido en esas fechas te habría invitado).  De ese modo, la infraestructura construida en torno a las músicas populares nos proporciona espacios alrededor de los cuales construimos y mantenemos imagines consistentes de nosotros mismos y los otros. Uno de los componentes más importantes de dichas imágenes es por supuesto todo el espacio emocional.

Mucho se ha comentado como el rock más violento y masculinizado tiende a ensalzar el lado fálico de la sexualidad y el erotismo, mientras la música para fiesta de las últimas tres generaciones tiende a una experiencia sensual más integral de todo el cuerpo. La música representaría, en este sentido, no sólo un repertorio de sentimiento y deseo sino una realización fáctica delos mismos. Ya hablaremos en una tercera entrega acerca del inicio de la cultura electrónica, el “verano del amor”, las drogas de diseño y lo relacionado con esa creciente subcultura.

Por lo pronto terminaremos señalado que son muchas las disciplinas que se han ocupado en tiempos recientes de trazar los puntos de cruce entre el amor/erotismo y las prácticas musicales. La psicología de la música intenta descifrar como es que los patrones de desempeño sexual y amoroso son determinados por la música que consume el sujeto.  La etnomusicología ha investigado  los modos del sentir y el contexto social que produce, y en que es generada, la música. La sociología ha investigado como se usan determinadas en distintos eventos sociales y como se condiciona el comportamiento corporal con la misma.

Todos estos trabajos académicos modernos apuntan, más o menos, en una dirección común: para generar momentos de intimidad y romance el “qué” pone “quién” en el reproductor musical  es la clave para entender la construcción y política, en tiempo real, del amor.

El universo imaginario que se construye en torno a toda la industria de la música popular se vuelve indispensable para entender la transformación de las relaciones de pareja en el siglo XXI. Sin entender ello es muy difícil comprender que en tan poco tiempo hayamos pasado de los matrimonios que se veían obligados a permanecer juntos, contra su voluntad, por el resto de su vida a los incontables “jóvenes” de más de 40 que siguen solteros y sin hijos. Evidentemente la idea de lo que el “amor” significa y es a cambiado a una velocidad nunca antes vista en la historia de la humanidad a lo largo del siglo pasado. ¿Ello depende del cambio en los estilos de la música popular o dichos cambios han sido condicionados por el cambio en las prácticas erótico-amorosas?

En la siguiente, y última, entrega sobre el tema abundaremos al respecto.

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