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Amor, amor… (primera parte)

La relación entre la música popular y la representación amorosa es intrincada, extensa y muy rica. Las canciones populares refieren al amor de tantas maneras que hoy día son fuente inagotable de material para estudiar la construcción social y cultural de los ejercicios y supuestos que constituyen el ejercicio amoroso.

Se puede pensar que entender como funciona, como se cultiva y se pierde el amor es conocimiento común de cualquier adulto occidental. Lo que quizá se piensa menos es que los mecanismos, rituales y estructuras del amor y el cortejo son dependientes de las tendencias demográficas, de las modificaciones en la forma de vida urbana y rural, de los mecanismos de producción y consumo de bienes, de la organización del tiempo social y las modificaciones a la institución de la familia. ¿O a poco piensan que durante la revolución industrial, donde los obreros solían trabajar 16 o más horas y empezar su vida laboral antes de los 10 años, los adolescentes tenían tiempo para cortarse el cuerpo y lloran por amor durante toda la secundaria y bachillerato?

Un ejemplo que me gusta poner siempre es el de el típico grupo de jóvenes borrachos, refresco de cola adulteradísimo en mano y autoestéreo a todo volumen cantando “grabé en la penca del maguey tu nombre”. En caso de la mayoría de los adolescentes urbanos, se nota que en su vida se han parado frente a un maguey. Sería más adecuado que cantasen “rayé 10 vagones del metro, las paredes de mis vecinos y 3 salones de la escuela con tu nombre”.

En los tiempos recientes es a partir de las grandes migraciones del sigo XIX cuando cambia rápidamente la música popular en Europa y América (no sólo, pero centrémonos en las músicas que tenemos más cercanas). Las migraciones masivas hacen que vocabularios musicales distintos se entremezclen. Lo mismo distintas visiones del amor. Además los vínculos con la tierra familiar, el lugar que un apellido mantenía en un grupo social longevo, la estructura familiar normalmente muy grande cuando se trataba de familias tradicionales, todo ello cambia. Por ello es que el amor individual, producto de la imaginación del pensamiento del periodo romántico, se vuelve cada vez más uno de los medios primordiales de autoafirmación (es que todos sabemos querer, pero pocos sabeos amar). En este contexto la canción popular se vuelve un modo fundamental para referir las experiencias amorosas individuales.

Es por ello que podemos decir que la verdadera educación sentimental de las últimas generaciones se ha ubicado en la radio primero y después en los incontable formatos de grabación. ¿Quién no ha regalado un casette con una selección musical sentida (¿sufrida?), cuidadosamente rotulado y quizá incluso con alguna letra incluida en traducción? (Como si no fuese suficiente con la cara que pone uno al entregarlo). Según la edad del amable lector, quizá sea más el mundo del CD quemado o el MP3 enviado por correo aquel que conoce, pero el principio es el mismo. El arte de armar una secuencia satisfactoria y convincente en casette, acomodar los cortes para que no sobrase mucho espacio en el lado A (no le vaya a dar flojera a la princesa recorrer la cinta) y darle un climax y cierre funcional para nuestros fines, desgraciadamente se está perdiendo. Requería de una concentración y sensibilidad musical enorme. De hecho era un arte tan complicado, que recuerdo un cínico  que iba conmigo en la prepa (y escribe en esta revista) que tenía un master tape en cinta de metal, del cual sacó muchas copias. En mi caso, me tocó asesorar a más de uno para armar una selección viable (es increíble cuando tienes que explicarle a un amigo que incluir I Wanna Fuck You Tonight o Face Down Ass Up en la cinta no va a funcionar).

No es exagerado decir que una buena parte de los jóvenes occidentales han aprendido a amar a partir de las letras de sus canciones favoritas. Como libros de texto en esas letras se ha configurado toda la geografía amorosa moderna. Las imágenes de intimidad y  entrega absoluta e incondicional, el amor idílico, la sofisticación, han sido las imágenes más socorridas del último siglo en la música popular.

En general los estudiosos modernos suelen distinguir cuatro “objetos” de amor en las canciones del último siglo y medio: 1) un miembro de la familia ¿cuántas canciones con el título Mother habrá?; 2) un amigo (You have a friend, Stand by me… 3) algún objeto (siendo quizá los autos lo único que compite con una mujer) 4)  un amante en acto o en potencia.

Un detalle interesante es la creación de estereotipos muy obvios a partir de la lírica popular. En general solemos saber de mujeres inaccesibles/indiferentes/payasas y de varones descorazonados o agresivos frente al rechazo. En general en los géneros ajenos al rock y hip-hop, solemos encontrar referentes más suaves. Una y otra vez nos cuentan sobre “la primera vez que vi tu rostro” y “la primera vez que tomé su mano”. Las referencias sexuales son innumerables en el jazz y la balada de mediado del siglo XX, pero son referencias veladas desde el I’ve Got My Love To Keep Me Warm hasta el Fly Me To The Moon o Come Fly With Me. En el blues, rock y hip-hop ya encontramos referencias sexuales mucho más directas. Ya en el siglo XXI no es raro encontrar referentes cada vez más gráficos a las cavidades femeninas y su utilización y abuso. Curiosamente, tanto en el country norteamericano como en la música ranchera mexicana, encontramos un referente muy marcado por la traición y la perdida. Emos, no crean que ustedes inventaron algo.

Un referente muy común en el imaginario de la vida de pareja contemporánea es el de “nuestra canción”. Esa suela ser aquella canción que sonó en la primera cita, o aquella con la cual una de las partes se lanzó directo a la conquista, o aquella de la primer noche amorosa. Esa “nuestra canción” cumple un papel importante en la historia de la pareja, y se puede llegar al exceso (odiado por vecinos y familiares) de llegar con la banda borracha a cantarla en la calle, frente a la casa de la susodicha. Ese imaginario hace que se den abusos, principalmente en el cine, donde “nuestra canción” es indispensable en cualquier comedia, o tragedia, romántica.

Para ilustrar el punto que mencionaba al inicio (el cambio en la idea social de “amor”) es muy interesante ver como a cambiado “nuestra canción” en el  cine sonoro. Y que mejor que comparar con historias que conocemos perfectamente y se han ido actualizando en el cine. Para ello, Shakespeare es perfecto. Comparen ustedes la banda sonora del Romeo y Julieta de Zeffirelli –el Shakespeare Hippie por antonomasia- con el del Luhrmann. En sólo 30 años, el paisaje sonoro que se escogió para ilustrar la misma historia es totalmente distinto.

En la ópera, comedia musical, cine y literatura es común encontrarnos con la imagen de un varón (¿por qué siempre tiene que ser el hombre el que conquiste a la mujer, al menos en los productos más populares de las artes mencionadas?) utilizando música popular para acceder a la amada. El límite radica en la imaginación y capacidad de los artistas. Así tenemos novelas como High Fidelity de Nick Hornby, donde a lo largo de más de cien canciones se nos aclara el momento amoroso del personaje principal. Pero también obras más sofisticadas, como el cine de Angelopoulos donde la música de Eleni Karaindrou es capaza de evocar emociones muy complejas, y no sólo el típico “amor” azucarado y aburrido.

De la serenata al equipo de sonido en casa, el autoestéreo y la música en el antro, la línea común es el juego de la seducción. Hemos llegado al extremo de producir compilaciones de discos diseñadas para poner la atmosfera adecuada a nuestros intentos de conquista. ¡Desconfíen de ellas a toda costa! No hay compilación musical más funcional que aquella que ustedes hagan pensando en la amada.

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