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Los virtuosos musicales en el cine.

De battre mon coeur s'est arrêté

Cartel español para De battre mon coeur s'est arrêté

(Este artículo fue publicado originalmente en Music:Life Magazine. Como el tiraje de la revista se agotó casi inmediatamente, lo reproduzco aquí para los lectores interesados)

Aprender a tocar el piano es juego de niños. No porque sea sencillo, sino porque es algo que si no se aprende en la infancia difícilmente se logrará en edad adulta. Al menos no con el nivel de virtuosismo requerido para tocar Rajmaninof. Hay que memorizar secuencias, patrones, desarrollar habilidades motrices que solo se hacen posibles con la práctica. Por lo general, las horas requeridas para aprender estas habilidades solo están disponibles en la infancia. Después hay que pagar la renta, sobrevivir a los jefes en el trabajo y a la pareja en casa, lo que deja un poco menos de tiempo libre.

Sin embargo, la estrella cinematográfica tiene una opción intermedia. Sean Penn me dejó pasmado con su interpretación a la guitarra en Sweet and Slowdown de Woody Allen. Después me enteré de que no era mímica. Penn efectivamente toca la guitarra. Pero ¿qué pasa con Murray Abraham como Salieri en Amadeus? ¿Y Adrien Brody como Wladyslaw Szpilman en The Pianist? ¿Y Holly Hunter tocando la piezas de Michael Nyman en The Piano? ¿Y Scarlett Johansson en esa joya de los hermanos Cohen The Man who Wasn’t There?. Incluso Jaime Foxx como Ray Charles en Ray? ¿Y qué me dicen de Geoffrey Rush como David Helfgott en Shine?. Por cierto, respecto a esta última, seguro que nadie a escuchado el Tercer concierto para piano de Rajmaninof de la misma manera después de verla.

Varios amigos declararon emocionados: “si Geoffrey Rush aprendió a tocar así para su papel, entonces yo también puedo”. Surgen las preguntas: ¿están tocando o es sólo mímica?; ¿son las manos de un doble?; ¿cómo aprendieron?; ¿qué onda con el traje de Liberace?… bueno, está es otra cuestión.

Lo cierto es que Charlize Theron subiendo 30 kilos para su papel en Monster, o Christian Bale como esqueleto vivo en The Machinist parecen tener una tarea más sencilla, en sus caracterizaciones, que quienes aparecen como virtuosos musicales en pantalla.

El proceso creativo relacionado con la composición es particularmente difícil de retratar. Cualquiera que tenga un contacto, por somero que sea, con algún artista sabe que las obras suelen ser producto de pacientes -y puede que hasta tediosas- jornadas. El cine, al menos el malo, suele ser alérgico a tomas prolongadas en las que parezca no ocurrir nada, en las que la acción se desarrolle en el espíritu del protagonista. Por eso suele retratarse a los compositores de música clásica como iracundas vedettes insoportables, como escuincles desubicados o mujeriegos y bebedores empedernidos. Independientemente de la fidelidad a la biografía, es obvio que a Beethoven no se le ocurrió la Novena Sinfonía mientras adivinaba el mismo antiguo oficio en las madres de cada uno de sus semejantes tan sólo porque se le tronó una rueda a su carruaje. La mayoría de los cineastas (Oliveira, Angelopoulos y Godard como dignísimas excepciones) no han sabido retratar el lado que nos importa de los compositores y otros artistas. Quizá los interpretes musicales sean los únicos artistas que han tenido una representación más cuidada en la pantalla grande.

Una reciente realización francesa, De battre mon coeur s’est arrêté de Jacques Audiard, vuelve a presentar las complejidades de la “actuación” musical. Reelaboración de aquella película de James Toback de 1978, Fingers, en la que Harvey Keitel interpretaba a un recolector de deudas indeciso entre el mundo del crimen y el de la música clásica. Ahora tenemos a Romain Duris como Thomas Seyr, joven parisino, mafioso cobrador al servicio de su padre. Thomas tuvo una prometedora infancia musical y de hecho su madre era pianista de concierto. En su intento por reencontrarse con el instrumento, contrata a una inmigrante vietnamita para tomar clases.

En la vida real, Duris tuvo que aprender en unas semanas a tocar un instrumento que le era totalmente desconocido. Esta aproximación se ha vuelto mucho más común que la de utilizar dobles para los acercamientos a las manos. Según varios entendidos, es más útil para los actores comprender un poco la estructura mental de los músicos, comprender lo que implican la disciplina y las largas horas de práctica. Eso les permite lucir más verosímiles al interpretar a un músico. Ahora, ir de un nivel que permite tocar con dificultad Los Changuitos hasta llegar a Chopin o Liszt no parece fácil.

Volviendo al caso reciente de Romain Duris, su misión era la Tocata en mi menor (BWV 914) de Bach. Para lograr tocarla empleo a su hermana, pianista profesional y maestra. De hecho, es a ella a quien escuchamos tocar en realidad cada vez que suena el piano en la película. Como dato curioso, Thomas escucha varias veces una grabación con la voz de su madre quejándose de que su corazón late demasiado rápido mientras toca. Es la voz de la hermana, durante un momento de frustración al realizar las grabaciones para la película.

Es indispensable poder ver las manos de Thomas en acción sobre el teclado, pues son las manos quienes nos presentan al personaje. Manos que pueden golpear, tocar ávidamente a la esposa del mejor amigo, tocar el piano. En algún lugar leí alguna vez que los estudiantes de anatomía en su primer año encuentran particularmente difícil de diseccionar las manos y los genitales. Esa dimensión erótica e individualizadora de las manos es hábilmente explotada por Audiard en esta cinta.

El proceso de aprendizaje pianístico implicó tres horas diarias de práctica a lo largo de dos meses. Un piano digital y audífonos le permitieron al actor ensayar todas las noches en su casa. Duris dice que aprender las posiciones correctas de los dedos fue solo una parte del trabajo. El quería saber como se siente un pianista antes de tocar. Y así, el proceso de aprendizaje del actor dio muchas ideas al director de cómo presentar al personaje y su reencuentro con el piano: la revisión de filmaciones de pianistas famosos, la relación con la tutora, quien casi no habla francés en la película.

Pero lo que vemos, a fin de cuentas, es una ilusión. Después de aplicadísimas semanas, el actor puede tocar unos cuantos compases de la obra y nada más. Una buena selección de pasajes y una edición inteligente de la imagen le dan al público la sensación de estar viendo efectivamente a un virtuoso. Aún así, la apretada agenda de los actores hace que pocos puedan continuar con una práctica que en la mayoría de los casos resulta adictiva.

Para terminar un dato curioso. El celebre pianista chino Lang Lang decidió en su infancia que quería ser como Tom, el gato de la caricatura Tom y Jerry, al verlo tocar una de las rapsodias húngaras de Liszt en un episodio. Pues bien, los animadores copiaron gesto por gesto la técnica de Vladimir Horowitz para dibujar las manos del gato pianista, ya que fue la técnica que les pareció más sencilla de dibujar entre varios pianista célebres de la época. Sin saberlo, Lang Lang quería tocar como Horowitz. Cultura popular y música clásica: la mejor combinación o al menos la más entretenida para mi.

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