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Reflexiones en torno al 4 en la música.

(Este artículo fue publicado originalmente en Music:Life Magazine. Como el tiraje de la revista se agotó casi inmediatamente, lo reproduzco aquí para los lectores interesados)

Arditti Quartet

Uno de mis cuartetos favoritos de toda la vida: el Arditti

El cuatro es un número verdaderamente peculiar. Es el número compuesto más pequeño (un número compuesto es aquel que tiene divisores aparte del uno y de sí mismo), es el número defectivo más pequeño (la suma de sus divisores es menor a sí mismo) y es el único que se puede producir por la suma y multiplicación de uno de sus divisores (2+2=2×2).

Quizá por todo ello es un número con una profunda significación religiosa. Tan sólo en la tradición judeocristiana: el Tetragramatón es el nombre de Dios en cuatro letras; cuatro son las matriarcas judías[1]; cuatro los arcángeles del Islám[2]; cuatro son los evangelios y cuatro los jinetes del Apocalipsis. Fuera de la tradición judeocristiana, cuatro son las nobles verdades del budismo.

Además, cuatro son los planetas rocosos de nuestra vía láctea, las nucleobases del DNA, las cavidades del corazón de los mamíferos, los estados básicos de la materia[3], los elementos alquímicos[4], las causas en Aristóteles y cuatro eran los Beatles. El cuarteto es la formación más habitual del rock y para muchos la formación ideal en el jazz. Pero quizá en la música occidental ningún cuatro es más prolífico que el cuarteto de cuerdas.

Hace cuarenta años Pierre Boulez declaró que el cuarteto de cuerdas estaba muerto. Sus casi dos siglos de saludable vida terminaban. Los primeros ejemplos notables del género se presentaron en Italia a mediados del siglo XVII siendo Giuseppe Tartini, Giovanni Battista Sammartini y Luigi Boccherini sus tempranos campeones. En la segunda mitad del siglo XVIII la variedad en la escritura del cuarteto es enorme: los de Richter son en tres movimientos, los primeros de Haydn en cinco. Algunos son casi homofónicos, recordando la estructura de la sonata trío, otros son intensamente contrapuntuales. Algunos incluyen movimientos fugados, otros partes alternativas para alientos. En fin, suele reconocerse comúnmente a Franz Joseph Haydn como el responsable último de darle una forma que servirá a muchas generaciones de compositores ininterrumpidamente. Los seis cuartetos que conforman su Opus 33, compuestos en la década de 1780, muestras todos los elementos que serán comunes por mucho tiempo. El sonido más homogéneo logrado por instrumentos de la misma familia, timbre parecido y sin bajo continúo presente, hicieron que este medio fuese cobrando cada vez más aceptación entre los compositores para explorar y desarrollar técnicas sonoras con una dotación instrumental reducida. Los sucesores de los tres mayores exponentes del cuarteto de cuerdas (Haydn, Mozart, Beethoven) encontraron muchas veces logros mayores en otras dotaciones de cámara: quintetos, octetos, tríos, sonatas acompañadas con piano. Muchos compositores muy relevantes llegaron a escribir, o mejor dicho a terminar y publicar, sólo un cuarteto (Debussy, Ravel, Lalo, Chausson, Franck) o dos (Smetana). Aún así son pocos los compositores que forman parte del canon occidental sin algún cuarteto grabado o tocado hoy día.

Respecto al veredicto de Boulez, como tantos otros decesos anunciados en la historia de las artes, el desahuciado sujeto se resiste, resucita y se regenera. En otros casos se reinventa de modos inesperados. Hoy tenemos a muchas agrupaciones jóvenes grabando y presentando continuamente en vivo obras del repertorio tradicional. Las nuevas composiciones son incontables para un género que aparte de muerto se consideraba poco accesible hasta hace unas décadas. Cuartetos como el Arditti, el Kronos, el Brodsky y el Balanescu incansablemente presentan composiciones del siglo XX y XXI. Las grabaciones de cuarteto más tradicionales como el Juilliard, LaSalle, Italiano, Végh, Talich, Amadeus, Nuevo Budapest y otros, venden considerablemente en un mercado que parecería mermado.

Ya desde Debussy, Ravel y Bartók el paisaje sonoro del cuarteto había logrado conquistar nuevos espacios. Las posibilidades son emocionantes: obras de menos de un minuto, como las Bagatelas de Webern, o de más de cinco horas, como el Segundo Cuarteto de Morton Feldman; piezas donde se pide a cada interprete que realice acciones teatrales específicas como en las de Crumb, otras acompañadas por grabaciones como el Different Trains de Reich, algunas procesadas electrónicamente. Quizá el ejemplo más mencionado en tiempos recientes sea Helikopter de Stockhausen, donde cada interprete del cuarteto Arditti volaba en un helicóptero distinto alrededor de una sala de conciertos, mientras interpretaban la obra guiados por un metrónomo y la audiencia veía y escuchaba la transmisión en tiempo real en el interior de la sala.

Los usos cambian rápidamente hasta en la vestimenta. Cada vez más agrupaciones comprenden que la gente real jamás usa smoking o frack (algunos quizá lo usan cuando se casan pero ¿quién se casa hoy día?). Vemos agrupaciones más relajadas, desde al Kronos que parece banda de rock con ocasionales trajes de cuero a la Hell Angel hasta el Brodsky, vestido por el diseñador japonés Issi Miyake. Claro, esto nos puede llevar a excesos como el de la agrupación Bond (guacatela) o la Suite del Chavo del Ocho que grabó recientemente el Kronos[5]. Sin embargo el crossover de mal gusto no es el único camino posible. Hay muchos intentos en ese sentido bastante logrados. Ye dedicaremos otra nota a reflexionar sobre el fenómeno del crossover.

Lo que es definitivo es que el medio está pasando por un momento de lozanía y vitalidad. Nada parece fuera de lugar. Agrupaciones tocando arreglos de piezas originales de Heavy Metal (Apocaliptica y sus versiones de Metallica), incontables “homenajes” a bandas de rock en cuarteto de cuerdas,  jazz y hasta techno: Alarm Will Sound plays Aphex Twin. Cuartetos acompañados por la voz del mayor junkee del siglo XX William Burroughs, o por el poema que cambio para siempre la poesía americana en la segunda mitad del siglo pasado: Howl de Allen Ginsberg. Discursos (por ejemplo la voz del satánico J. Edgar Hoover con música de Michael Dougherty), delicados cantos de ballena o de aves o diabólicos embotellamientos en Los Ángeles. Parece que no hay sonido inapropiado para acompañar hoy día a un cuarteto de cuerdas. Incluso hay obras en las que jamás se frotan las cuerdas con el arco: se percuten las cajas, se golpea con la madera del arco, se frotan con vidrio, con metal. Posibilidades infinitas. Recuerdo hace unos años haber escuchado un cuarteto del mexicano Federico García Castells que describía un trayecto en tráfico de nuestro querido Distrito Federal. Con distintas técnicas emulaba esos recordatorios maternos en cinco notas con el claxon, a los que somos tan afectos los mexicanos (¿el claxon es miembro legítimo de la familia de los alientos?),  y no faltaba la emulación de una sirena para encrespar más los nervios.

A pesar de su lozanía y capacidad para reinventarse, en definitiva el cuarteto difícilmente tiene la popularidad y público que la música sinfónica y la ópera. Cada quien tiene su idea del porque de ello, pero a mi parecer es básicamente porque suele ser un medio de una sutileza musical mayor, que requiere quizá mayor concentración para ser plenamente disfrutado. Además, es quizá el formato de música clásica cuya diferencia entre grabación y sonido vivo es mayor. Si usted amabilísimo lector es de las personas que nunca han podido entrarle a un cuarteto de cuerdas, pero si a una sinfonía o música para piano solo, pruebe a escuchar un cuarteto en vivo. Seguro se volverá aficionado al formato.


[1] Sara, esposa de Abraham; Rebeca, esposa de Isaac; Leah, primera de las cuatro esposas de Jacob y Raquel, la segunda y favorita esposa del mismo Jacob.

[2] Gabriel, Miguel Azrael y Rafael.

[3] Solido, líquido, gaseoso y plasma.

[4] Tierra, aire, fuego y agua.

[5] Me han dicho que hay quien no lo sabe, lo cual encuentro difícil de creer, pero el tema del Chavo del Ocho es la marcha de Las Ruinas de Atenas de Beethoven.

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