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Wagner: El anillo orquestal

“Según lo que mis pasiones demanden de mi, es en lo que me convierto: músico, poeta, director, autor, conferencista o cualquier otra cosa.”

Richard Wagner en carta a Franz Liszt.

“Si uno no ha oído a Wagner en Bayreuth, no ha oído nada. ¡Lleva muchos pañuelos porque llorarás mucho!. ¡También lleva algún sedante porque te excitarás hasta el delirio!.”

Gabriel Fauré, carta de 1884.

“¿Es Wagner un ser humano?. ¿No es más bien una enfermedad?. Contamina todo lo que toca -enfermó a la música. Mi postulado: el arte de Wagner es una enfermedad.”

Friederich Nietzsche, “El caso Wagner”.

“Me han dicho que la música de Wagner es mejor de lo que suena.”

Mark Twain en su autobiografía.

El tema de la redención a través del amor de una mujer es recurrente en las óperas (¿en la vida?) de Richard Wagner. Cuando terminó el texto para su tetralogía del Anillo, en 1853, lo imprimió y leyó frente a un grupo de conocidos, incluyendo al generoso mecenas Otto Wesendonck, cuya esposa – que estaba enamorada de Wagner– escribió unos poemas que Richard musicalizó, además de inspirarle parte de Tristán e Isolda. Creo recordar algún precepto cristiano que invita a no desear a la mujer del prójimo. Wagner no asistió a la sesión que explicaba la teoría y práctica de dicho precepto, a juzgar por su repentina huida del círculo Wesendonck. Esta idea queda reforzada por el desenlace de la relación con Cosima Liszt… pobre von Bülow.

Ahora bien, representar las muchas variantes del amor, espiritual y erótico, llevó a Wagner a desarrollar una técnica cada vez más compleja para relacionar temas, o leitmotifs, que podían referirse a un personaje, pasión u objeto en escena. La intención última de Wagner era la creación del Gesamtkuntswerk (la obra de arte total).

Su “modesto” intento en este sentido: una ópera que dura unas 16 horas, dividida en cuatro jornadas, la cual necesitaba recursos inexistentes en su época para poder ser interpretada. ¿Soluciones?. Sencillo: reeducar a los músicos, a los cantantes, redefinir la idea de lo que era una puesta en escena, escribir un libreto con pretensiones literarias altísimas. Ya de paso también construir un teatro a medida para poder interpretar esta “obra de arte total”, El Anillo del Nibelungo (los hay quienes piensan que los Nibelungos son los asistentes asiduos a la cantina El Nivel -que tristemente ha cerrado hace poco después de más de un siglo de operaciones en este DF, pero Wagner prefirió fuentes más arcaicas y cargadas de significación mítica para su ciclo).

Para aquellos que olvidamos el alemán que no nos enseñaron en la primaria y nos dedicamos después a cosas más urgentes, puede ser un poco complicado acceder al mundo del Anillo. Estas épocas de DVD y puestas en Bellas Artes con subtítulos pueden ayudar, pero aún así el universo wagneriano puede parecer apabullante para el principiante. Y es ahí donde el disco que presentamos me parece excepcional: una selección de los pasajes orquestales de El Oro del Rhin, La Valkiria, Sigfrido y El Crepúsculo de los Dioses, hilvanada a modo de suite sinfónica, respetando cada nota del original. Con su escucha, amable y paciente lector, ya le irá quedando más claro a que bando se une (revise usted las cuatro citas al principio de esta nota, para entender a que nos referimos con lo de “bando”).

Lorin Maazel cuenta como Wieland Wagner (nieto del compositor y responsable de la “nueva ola” wagneriana de la década del 50) al escucharlo ensayar Lohengrin sin cantantes le dijo

La orquesta, ahí es donde está todo, el texto detrás del texto, el subconsciente universal que une los personajes wagnerianos entre si y con el proto-ego de la leyenda.

Quizá nadie mejor que Maazel para revelarnos ese Urtext que es la orquesta en Wagner. Maazel fue el encargado de el regreso del Anillo al repertorio de la Orquesta Alemana de Berlín en 1965, cuando no se había puesto desde tiempos anteriores a la segunda guerra mundial, cuando Bruno Walter estaba a cargo de dicha orquesta. El resultado es francamente conmovedor. Casi cualquier persona que guste del siglo XIX tiene alguna grabación con las oberturas wagnerianas, pero está síntesis sinfónica de Wagner funciona de otra manera. El sonido es tan espectacular como acostumbra Telarc, amenazante en algunos momentos, aunque hay que señalar algunas limitaciones propias de una grabación de estudio. Por ejemplo, los enanos martillando al inicio de El Oro suenan más a Disney que a Wagner. Aún así, los metales suenan con suficiente cuerpo y las cuerdas suficientemente sedosas en donde se requiere.

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