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Cuartetos de cuerda hoy

Cuarteto de cuerdas

Hace cuarenta años Pierre Boulez declaró que el cuarteto de cuerdas estaba muerto. Sus casi dos siglos de saludable vida terminaban. Los primeros ejemplos notables del género se presentaron en Italia a mediados del siglo XVII siendo Giuseppe Tartini, Giovanni Battista Sammartini y Luigi Boccherini sus tempranos campeones. Se reconoce comúnmente a Franz Joseph Haydn como el responsable último de darle una forma que servirá a muchas generaciones de compositores ininterrumpidamente. Los seis cuartetos que conforman su Opus 33 compuestos en la década de 1780 muestras todos los elementos que serán comunes por mucho tiempo. El sonido más homogéneo logrado por instrumentos de la misma familia, timbre parecido y sin bajo continuo presente, hicieron que este medio fuese cobrando cada vez más aceptación entre los compositores para explorar y desarrollar técnicas sonoras con una dotación instrumental reducida. Los sucesores de los tres mayores exponentes del cuarteto de cuerdas (Haydn, Mozart, Beethoven) encontraron muchas veces logros mayores en otras dotaciones de cámara: quintetos, octetos, trios, sonatas acompañadas con piano. Aún así son pocos los compositores que forman parte del canon occidental sin algún cuarteto grabado o tocado hoy día.

Respecto al veredicto de Boulez, como tantos otros decesos anunciados en la historia de las artes, el desahuciado sujeto se resiste, resucita y se regenera. En otros casos se reinventa de modos inesperados. Hoy tenemos a muchas agrupaciones jóvenes grabando y presentando continuamente en vivo obras del repertorio tradicional. Las nuevas composiciones son incontables para un género que aparte de muerto se consideraba poco accesible hasta hace unas décadas. Cuartetos como el Arditti, el Kronos, el Brodsky y el Balanescu incansablemente presentan composiciones del siglo XX y XXI. Las grabaciones de cuarteto más tradicionales como el Juilliard, LaSalle, Italiano, Végh, Talich, Amadeus, Nuevo Budapest y otros venden considerablemente en un mercado que parecería mermado. Ya desde Debussy, Ravel y Bartók el paisaje sonoro del cuarteto había logrado conquistar nuevos espacios. Las posibilidades son emocionantes: obras de menos de un minuto, como las Bagatelas de Webern, o de más de cinco horas, como el Segundo Cuarteto de Morton Feldman; piezas donde se pide a cada interprete que realice acciones teatrales específicas, otras acompañadas por grabaciones, algunas procesadas electrónicamente. Quizá el ejemplo más mencionado en tiempos recientes sea Helikopter de Stockhausen, donde cada interprete del cuarteto Arditti volaba en un helicóptero distinto alrededor de una sala de conciertos, mientras interpretaban la obra guiados por un metrónomo mientras la audiencia veía a los interpretes en pantallas y escuchaba la transmisión del audio en tiempo real en el interior de la sala.

Los usos cambian rápidamente hasta en la vestimenta. Cada vez más agrupaciones comprenden que la gente real jamás usa smoking o frack (algunos quizá cuando se casan pero ¿quién se casa hoy día?). Vemos agrupaciones más relajadas, desde al Kronos que parece banda de rock con ocasionales trajes de cuero a la Hell Angelhasta el Brodsky, vestido por el diseñador japonés Issi Miyake. Esto nos puede llevar a excesos como el de la agrupación Bond o la Suite del Chavo del Ocho que grabó recientemente el Kronos. Sin embargo el crossover de mal gusto no es el único camino posible. Hay muchos intentos en ese sentido bastante logrados. Ye dedicaremos otra nota a reflexionar sobre el fenómeno del crossover.

Lo que es definitivo es que el medio está pasando por un momento de lozanía y vitalidad. Nada parece fuera de lugar. Agrupaciones tocando arreglos de piezas originales de Heavy Metal, jazz y hasta techno. Cuartetos acompañados por la voz del mayor junkee del siglo XX William Burroughs, o por el poema que cambio la poesía americana del siglo pasado Howl. Discursos, delicados cantos de ballena o diabólicos embotellamientos en Los Ángeles. Parece que no hay sonido inapropiado para acompañar a un cuarteto de cuerdas. Incluso hay obras en las que jamás se frotan las cuerdas con el arco: se percuten las cajas, se golpea con la madera del arco, se frotan con vidrio, con metal. Posibilidades infinitas. Recuerdo hace unos años haber escuchado un cuarteto del mexicano Federico García Castells que describía un trayecto en tráfico de nuestro querido Distrito Federal. Con distintas técnicas emulaba los recordatorios familiares con el claxón a los que somos tan afectos los mexicanos (ta ta ta ta taaaa) y no faltaba la requerida sirena para encrespar más los nervios.

En Después de la Música comentaremos con ustedes muchas obras que contradicen abiertamente el veredicto de Boulez. Que nos perdone el octogenario maestro.

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