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Sir Edward Downes: el Amor y la Muerte

Sir Edward Downes y su esposa Joan en los 80

Sir Edward Downes y su esposa Joan en los 80

(Este artículo fue publicado originalmente en Music:Life Magazine. Como el tiraje de la revista se agotó casi inmediatamente, lo reproduzco aquí para los lectores interesados).

El amor y la muerte. ¿Acaso otro padecer humano ha sido más retratado en la historia del arte occidental? Quizá no, pero un evento muy reciente me ha hecho pensar en la variedad de representaciones artísticas que han despertado ambos padecimientos: el suicidio de Sir Edward Downes y su esposa Lady Joan Downes, acontecido el 10 de julio del 2009. Ambos volaron a Suiza a mediados de junio para cometer suicidio asistido por medio de un coctelito de barbitúricos.

Esta me parece una historia de amor y muerte maravillosa. Joan tenía cáncer terminal. Aunque Sir Edward no padecía un mal similar decidió que después de 54 años de matrimonio no quería seguir en la vida después del fallecimiento, previa terrible agonía, de su esposa: sí he pasado la mayor, y mejor, parte de mi vida a tu lado ¿cómo aprendería a vivir, al final de mi vida, si ya no estás?

Esto resultó en un escándalo tremendo con la justicia inglesa queriendo intervenir. El hijo mayor de la pareja, Caractatus[1], declaró que ambos querían morir lado a lado, tomados de la mano, y así lo hicieron. Que un estado nacional no sea capaz de respetar el como quiera morir un ciudadano me parece inaceptable, tan nefasto como los estados que manifiestan una fe como la oficial de sus ciudadanos. Algo que a mí siempre me ha parecido de risa loca es que en muchos países, Inglaterra incluido, el suicidio sea un delito. Como los hijos acompañaron a sus padres en el trance un sector de las autoridades inglesas quiere fincarles responsabilidades. Hágame usted, amable lector, el refabrón cavor.

¿Por qué les preocupa a los gobiernos esa decisión última que el individuo puede tomar sobre su vida? Mi respuesta es simple y obvia. El bien último sobre el que los gobiernos pueden amenazar y coaccionar a sus ciudadanos es la vida misma. Al ser los estados modernos, al menos en teoría, los monopolizadores de la fuerza pública pueden amenazar al ciudadano con destrozarle la vida (¿o qué otra cosa es la cárcel?) e incluso en países salvajes (¿alguien escuchó hablar del Partido Verde Ecologista de México?) con terminarla via ejecución. Ahora bien, si el individuo está dispuesto a suicidarse, si no tiene miedo a perder la vida ¿qué le queda al estado para poder coaccionar y controlar? Además, en un plano aún más vulgar, es obvio porque el suicidio es ilegal en lugares como los Estados Unidos: el 90% de los gastos médicos se realizan unas semanas antes de morir. Es indispensable para la industria médica está idea de la “prolongación humanista, artificial, de la vida”, ya que de ahí provienen la mayoría de sus ganancias. Yo lo sé de primera mano pues les diré que mi madre estuvo en coma después de padecer un derramen cerebral hace unos años. Cuando me dijeron que el porcentaje dañado de su cerebro hacía imposible que despertase, pregunté a los doctores que tenía que firmar o hacer para que la desconectasen. Me dijeron que no se podía, que era su obligación mantener la vida sin importar blablabla. La hipocresía me pareció del calibre que sólo una religión tan nefasta como la impuesta en estas tierras y su correspondiente tejido social corrupto puede alabar como “valor humano”.

Esto me lleva  a pensar que si bien la muerte y el amor son los temas más recurrentes en todo el arte occidental quizá hay más variedades de amor, que de muerte, retratadas en obras de distintas disciplinas. Y es que solemos gustar de muertes heroicas, tremendas, con significación histórica y casi mística. Una muerte común sin grandielocuencia ni histrionismo parecería, si no indiferente, sí poco atractiva en escena. Esto suena lógico si tomamos en cuenta que en la religión que muchos profesan en nuestro lado del planeta el Dios principal tuvo que hacerse hombre para ser asesinado, después de haber sido salvajemente torturado ¡por sus propias creaciones, criaturas entre todas las más parecidas a él! Quizá por ello una muerte serena, en dominio y control del propio ser, resulte tan ajena y/o extraña para el imaginario popular. Sin embargo a mi me parece la más digna posible para la naturaleza humana, tan distinta a todo lo demás que conocemos en el universo. Distinta empezando por el hecho de que somos los únicos animales que necesitamos construir un mundo completo para poder habitar en él, no nos basta el que existe. ¿Qué otra cosa puede ser el lenguaje y todo aquello que llamamos cultura, entendiendo por cultura lo mismo a Cervantes que a unos jeans o un deporte organizado, sino ese mundo que tanto necesitamos? Y una de las partes fundamentales de ese mundo es el arte, del cual Downes fue un devoto toda su vida.

Si me permiten una nota autobiográfica, he de contar que desde niño pensé que lo digno para el hombre era morir por propia decisión y no por la decisión de la naturaleza. Nada más triste que morir cuando ya no se es uno mismo. Pongo un ejemplo: Ronald Reagan en los últimos meses de su vida ni siquiera recordaba que había sido presidente de los Estados Unidos. Me parece extraño que nuestros tiempos modernos hablen tanto de calidad de vida y olviden algo que para los romanos clásicos era igual de importante: una buena muerte.

Ya hablando específicamente de Downes lo recuerdo mucho ya que Claude Debussy y Richard Wagner fueron los primeros compositores que quise oír sistemáticamente en mi infancia, y él es uno de los pocos que han grabado íntegra una ópera que Wagner compuso a los 20 años: Die Feen (BBC Northern Symphony,  BBC Northern Singers, 1976). Además su versión de Die Walküre (Royal Opera House Covent Garden Orchestra,  Royal Opera House Covent Garden Chorus, 1967) fue una de las primeras que escuché. Y no, no me dan ganas de bombardear con napalm alguna selva asiática cada vez que escucho la cabalgata de las valkirias, como algún amigo ha sugerido.

Como director asociado de las Royal Opera House Downes dirigió casi mil presentaciones de 49 óperas distintas. Otra de sus asociaciones más fructíferas fue con la Filarmónica de la BBC, de la cual fue director principal invitado, después titular y finalmente director emérito. Él fue el primero en dirigir una ópera en uno de los edificios más espectaculares de la segunda mitad del siglo XX: la casa de la ópera de Sydney.

Sin embargo, es su amor por Giuseppe Verdi y la música rusa lo que, supongo, conservará su nombre para las generaciones posteriores. Su carrera fue larga y eso le permitió estar en contacto con algunos de los personajes más relevantes del siglo. Cuando joven, en los 40, participo como cornista en el estreno de Peter Grimes de Benjamin Britten. Más adelante le tocaría acompañar a la Callas en su preparación para presentar Norma por vez primera en Covent Garden. Ese contrato lo obtuvo en mismo día que Joan Sutherland ingreso a la compañía del Royal Opera House. Al final del ese 1952 le pidieron que dirigiera por primera vez y así lo hizo por medio siglo en todas la temporadas. Por esas fechas también le toco dirigir a Ramon Vinay en Otello, con sólo unas pocas horas de ensayo. Fue pupilo de Herman Scherchen y más adelante protegido de Rafael Kubelik. De uno u otro modo se mantuvo cercano a las figuras del podio que le interesaban, de las cuales él mismo decía haber aprendido mucho: Erich Kleiber, Rudolf Kempe, Carlo Maria Giulini y Georg Solti.

La lista de óperas que dirigió y grabó no sólo es extensa, sino muy variada. Sus variados intereses lo llevaron a escoger La guerra y la Paz de Sergei Prokofiev, sobre la novela de León Tolstoy, para el mencionado estreno de la ópera de Sydney. Se encargo de traducir al inglés la Kovanshchina de Modesto Mussorgsky y la tristemente ignorada Ciudad Invisible de Kitezh de Rimsky-Korsakov. En varias ocasiones dirigió el ciclo del Anillo de Wagner, además de varias obras de Richard Strauss.

La música contemporánea no le resultaba ajena, y lo mismo presentó obras de compositores británicos -como Britten, Rodney Bennet, Humprey Searle, Peter Maxwell Davies, Arnold, Lloyd- que de continentales –como Henze, Korngold o Hindemith.

Por desgracia su legado grabado no es tan extenso como me gustaría, pero con paciencia se pueden encontrar casi un centenar de grabaciones en el mercado, entre autorizadas y no, de ópera en vivo.

Usted, amable lector, ¿con cuál música acompañaría está historia? Yo temporalmente con Muerte y Tansfiguración (Tod und Verklärung) Op.24 de Richard Strauss, aunque desgraciadamente Downes nunca la grabó. Quede con nosotros el valor de su trabajo para la ópera en el siglos XX.
Aquí les dejo una versión de Tod und Verklärung grabada por Chelito, y no Delgado sino mi favorito Sergiu Celibidache, en 1970.



[1] El nombre hace referencia la célebre jefe tribal británico que se opuso a la invasión romana.

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