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Las mejores bandas ficticias del cine

Spinal Tap

Que buena banda, lástima que no exista.

(Este artículo fue publicado originalmente en Music:Life Magazine. Como el tiraje de la revista se agotó casi inmediatamente, lo reproduzco aquí para los lectores interesados)

Mis queridos lectores se habrán percatado del cruce entre música y otra forma artística (cine o literatura) en las recientes entregas. Y es que es tan prolífico y fascinante ese encuentro que es muy difícil dejar de ocuparse de él.

El cine sonoro empieza con música más que con diálogo, así tenía que ser. Desde aquella legendaria filmación con Toscanini dirigiendo la obertura Tanhäuser de Wagner o la película The Jazz Singer, la música se presentará de muchas y muy diversas formas en pantalla. Podemos pensar en primer instancia en la enorme tradición de la banda sonora, pero el retrato de músicos también ha sido muy importante. En una entrega anterior hablé sobre la complejidad que significa representar a músicos en la pantalla: retratar a Mozart o Beethoven mientras componen, a un pianista virtuoso mientras se inspira o a un rockstar mientras hace… mmm… ¿qué exactamente hacen los rockstars?.

Caso aparte son las películas que documentan a solistas y agrupaciones reales (rockeros necios, no sólo existen las de los Beatles y la reciente de Scorcese y los Rolling Stones). Y el cine musical no deja de reinventarse. Desde Singing in the Rain y The Wizard of Oz, pasando por The Wall o Tommy, y hasta Dancing on the Dark (aunque a decir verdad, esta última se me hizo un típico dramón a la Ismaelito Rodríguez pero con canciones) han pasado muchas cosas.

Pero hay aún otra faceta que es la que quiero explorar en esta ocasión: las películas que giran en torno a bandas ficticias.

Y que más ficticio que la banda de hair metal Spinal Tap. Los protagonistas del falso documental de rock This is Spinal Tap (1984) se han convertido en una banda de culto. Su popularidad no queda afectada en lo más mínimo por el hecho de no existir (escucho el grito en falsete de un rockero de pelo alaciado y teñido, cortado en capas, con espantosas botas vaqueras y jeans ajustados: “realidad, nunca te necesite”). Después de la película llegaron a publicar varios sencillos y se construyó toda la historia de la banda: miembros anteriores, discografía e incluso una extraña leyenda según la cual todos los bateristas habían muerto de un modo inusual: uno ahogado en vomito (aunque nunca se aclaró de quien era el fluido), otro en un accidente de jardinería, otro por combustión espontánea. Por ello cuando se audicionaron varios bateristas para un álbum en 1992 Mick Fleetwood (de Fleetwood Mac) audicionó con un traje de asbesto. Su “curriculum” parece el de cualquier artista/periodista freelance de México: lo mismo han tocado en arenas enormes atiborradas que sido teloneros para shows de marionetas. Bueno, hasta en los Simpsons han salido. Juro que me encontrado con gente que no sabe que de sus más de 20 álbums listados como discográfica, sólo dos son reales. Nada mal para ser una banda ficticia que se gana nuestro afecto pues es incapaz de distinguir entre lo que realmente pasa con su carrera y lo que ellos creen que pasa. La explicación (en tono de teología guitarrera… conozco a algunos) sobre las ventajas de un amplificador cuyo volumen llega a once y no a diez es inolvidable.

Del hair metal pasamos al glam. Hedwig and the Angry Inch (2000) es una película que coquetea con el mal gusto o la referencia erudita al pop. La banda que da nombre al disco es una especie de hibrido entre David Bowie (pero como haciéndose pasar por Barbra Streisand), Lou Reed e Iggy Pop. Dentro de sus muchas direcciones la película no deja de ser conmovedora en cuanto a su reflexión respecto al género y la totalidad del ser, ya que el protagónico líder de la banda es un transexual. Más que una parodia del periodo glam me parece una cariñosa y sentida recreación de esa estética. Un musical verdaderamente sensacional que nos presenta a una banda que no estaría nada mal que existiera.

Otra peli que en México paso medio desapercibida pero a mi me parece fundamental es Almost Famous (2000). La sensibilidad del director Cameron Crowe es muy conocida. Durante años fue columnista en Rolling Stone y Creem (por ejemplo, él escribe la introducción a la caja de Led Zeppelin) y tiene un conocimiento enciclopédico del rock setentero. Lo que hizo en Almost Famous fue narrar la historia de una banda ficticia, Stillwater, que es es una especie de Led Zeppelin, Lynyrd Skynyrd, Allman Brothers y muchos más destilados. Aparte del enorme gusto que me dio el cameo de Mark Kozelek (para mi el mejor letrista de los 90 en el rock con su banda Red House Painters) como bajista de Stillwater, también aparece Mike McCready, de Pearl Jam, como guitarrista. Stillwater es el tipo de rock que le recuerda a uno los tiempos donde los discos nuevos se oían por la radio AM o en tocadiscos portátiles monoaurales. Las canciones fueron compuestas por el mismo Cameron Crowe y su esposa la vocalista de Heart, Nancy Wilson, además de Peter Frampton. El cuidado detalle en la reproducción de época nos recuerda cuando el rock aún no era totalmente corporativo.

High Fiedlity (2000) no es acerca de una banda, sino acerca del dueño de una tienda de acetatos y sus obsesionados clientes. Ya saben, de eso varones de treinta y tantos que se comportan como adolescentes, coleccionan grabaciones hasta gastar su último centavo, se preocupan más por el año de la edición o el tiraje limitado, pueden disertar por horas sobre las virtudes de determinado amplificador grabado con determinada consola en determinada cinta magnética… bueno, hasta aquí la autobiografía. La cuestión es que al final de la película tenemos a Jack Black -si, de Nacho Libre a King Kong y de regreso- interpretando con su banda (que lo mismo se llama Sonic Death Monkey que Kathleen Turner Overdrive o Barry Jive and the Uptown Five) una muy buena versión de Let’s Get It On de Marvin Gaye. A uno le dan ganas de tomar a la chica sentada al lado en el cine y ponerse a bailar pegadito. Y con la dirección de Stepehn Frears sobre la novela de Nick Hornby, y las grandes actuaciones empezando por John Cusack como Rob, es indispensable que corran a rentarla si aún no la han visto. Todos aquellos que vivan apasionados por algo “alternativo” se sentirán llamados. Al final quedarán con una sonrisa y esperando que Rob, finalmente, encuentre la felicidad.

En Music and Lyrics (2007) el sólo hecho de ver a Hugh Grant con peinado y ropita ochentera cantando al frente de la banda PoP! vale por todas las deficiencias. Sin embargo, a diferencia de las anteriormente comentadas aquí la intención es totalmente paródica. Los “videos” de la banda son tan ochenteros que no podrían ser reales. Si bien a mi me parece un poco insípida, hay que aceptar que el retrato de las frustraciones del segundo de la gran banda[1] cuyo fracasado disco solista lo lleva a tocar en reuniones de ex-preparatorianos y ferias de pueblo. Repitiendo incesantemente las viejas canciones, con los viejos movimientos y las viejas ropas. Como toda buena comedia romántica la meta de la película es la redención de su personaje. Hay que admitir que en ese camino la presencia de una especie de Shakira cuya práctica budista es tan real como su cabello teñido hace que la historia tenga sus buenos momentos.

Quizá mi favorita entre todas las bandas ficticias es The Soggy Bottom Boys. Olvídense del rock. Si quieren algo que los mueva, nada como este trío –que cobra como cuarteto- de bluegrass. Los hermanos Coen hacen en O Brother, Where Art Thou? (2000) una muy libre adaptación de la Odisea de Homero, aunque ellos afirman nunca haberla leído.  El trío conformado por George Clooney, John Turturro y Tim Blake Nelson es verdaderamente entrañable. Más tarde se añadirá un bluesero modelado sobre la figura histórica de Tommy Johnson. Mi línea favorita es cuando los SBB escandalizados preguntan a Tommy como pudo vender su alma al diablo sólo para tocar mejor la guitarra. “No estaba usando mucho mi alma últimamente” contesta el racional Tommy. La secuencia de grabación directa a vinil en una estación de radio ocasiona suspiros en cualquiera.

Muchas bandas ficticias más tendrían que ser comentadas en este limitado espacio: Buckaroo Banzai and the Hong Kong Cavaliers; The Carrie Nations (aparecidos en Beyond the Valley of the Dolls de 1970); indispensables los Rutles en The Rutles: All You Need is Cash, una parodia muy precisa de los Beatles realizada por gente de los Monty Python y de Saturday Night Live.

Pero una que no podría faltar son los Blues Brothers en la película del mismo nombre (1980). Una película que no parece dejar de crecer con el tiempo, si algo nos demostró es que si eres lo suficientemente escandaloso, energético y vulgar –además de tener una misión asignada por Dios- puedes hacer un musical verdaderamente emblemático. John Belushi y Dan Aykroyd se convirtieron en figuras de culto después de esto (¿se acuerdan del vestir en Reservoir Dogs?). Esa película convirtió a Chicago en la ciudad en la que todos queremos vivir. ¿Un restaurante administrado por Aretha Franklin?; ¿una tienda de discos administrada por Ray Charles?; ¿una iglesia administrada por James Brown?. Me mudo mañana.


[1] ¿Alguien se acuerda de Andrew Ridgeley?. Era el otro miembro de Wham! con George Michael.

 

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