Segunda escuela de Viena: alrededores.

22 03 2008

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La Segunda escuela de Viena (escuela jóven de Viena le llamaba Wellesz ya desde 1912) surgió en un momento cultural que desde mis años de secundaria me ha parecido irrepetible. No puedo imaginar la vida en un lugar donde estaban todos los personajes que comentaré en los siguientes párrafos.

Para empezar el trío de compositores más radical de la primera mitad del siglo XX: Schoenberg, Berg y Webern. Cuando hablamos de Segunda escuela de Viena normalmente nos referimos a ellos. Según quien hable, la lista puede incluir también a Wellesz, Jalowetz, Horwitz, Stein e incluso Skalkottas. El trío principal tuvo diversos tipos de relaciones, no siempre tersas, y algunas inquietudes estéticas comunes, como la investigación de la atonalidad y la dodecafonía, que son elementos que suelen definir a esta escuela. Sin embargo no hay que confundirnos, pues es muy amplio el terreno abarcado por los tres. dificílmente se puede reducir su obra a los puntos en común que tenían. Seguramente en muchos momentos podré comentar obras de este trío galaxia, pero me gustaría comentar un poco sobre el entorno en el que les tocó trabajar. Es común que la gente diga “me gustaría haber vivido en tal o cual época”. Creo que estos años vieneses son los únicos que verdaderamente envidio y quizá los únicos en los que, gustoso, habría vestido traje y corbata.

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Una entre tantas cosas que vuelven único al siglo XX es su relación con el presente, esto es, con su presente. En el siglo XX tenemos el movimiento Moderno y además el Contemporáneo. Tanta es nuestra necesidad de tomar postura respecto al pasado que hasta posmodernos nos llamamos. Todo es post o neo.

La modernidad quizo ser la culminación de la Ilustración. Después de la Edad de la Razón llegaba la de la ciencia y la tecnología, de la producción industrial racional y la democracia. La del progreso lineal ilimitado. Había llegado el reino del hombre con igualdad y libertad. Por fin se habia terminado con el despotismo y con la superstición e ignorancia. Como todo postura optimista del hombre, está de la modernidad tendía a la ceguera. Claro, el mismo siglo XX entre guerras mundiales, holocaustos y genocidios se encargó de manchar las promesas y augurios (que sonaban casi a promesa electoral).

Una peculiaridad del cristianismo es su visión de la historia lineal y decadente, a diferencia de las más comunes visiones cíclicas de la historia. El siglo XIX europeo produjo desde la lingüistica historicista de Jacob Grimm, las nuevas ciencias de la Tierra vía Charles Lyell y otros, la teoría de las especies de Darwin, la Fenomenología del Espíritu de Hegel, las teorías de la evolución progresista de Herbert Spencer, el positivismo de Comte. Todas ellas quitaban el elemento decadente y reforzaban la visión lineal y optimista de la historia.

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Quizá por única vez en la humanidad, este periodo moderno cree percibir que todo el mundo trabaja en la misma dirección, que todo producto humano es producto del espíritu de su tiempo. El filósofo Carnap dice en la introducción a su Der logische Aufbau der Welt refiriendose a los movimientos artísticos e intelectuales:

Sentimos todo alrededor la misma orientación, el mismo estilo de pensar y hacer. Nuestro trabajo es guiado por la fe de que está actitud ganará el futuro.

La fe en la ciencia y la lógica hace que la filosofía analítica se vuelva la corriente más representativa de la época moderna. Afortunadamente no existió consenso, y hay muchas críticas a la visión optimista del mundo. Sea el ataque al pensamiento sistemático de Hegel realizado por Kierkegaard, la investigación del lado ocuro del hombre por Dostoievsky, la transvaloración de todos los valores por Nietzche, las reflexiones apocalípticas de Spengler.

La originalidad de Wittgenstein es inaprensible en unas cuantas páginas, pero un claro ejemplo es su actitud frente a la idea de progreso. En uno de tantos textos mecanografíados y aún inéditos dice:

Nuestra civilización es caracterizada por la palabra “progreso” [...] se ocupa en construir una estructura cada vez más compleja [...] No me interesa construir, sino tener una perspectiva de la cimentación de los edificios posibles.

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Wittgenstein estaba más ansioso por combatir y distanciarse de la escena intelectual prevalente que de reinstaurar alguna estructura pasada. Había que construir algo nuevo una vez que se limpiaran los escombros de la civilización decadente.

El Wittgenstein de la preguerra en Cambridge, estudiante de la lógica de Frege y Russel, es muy distinto al Wittgenstein de finales de los 20. Después de haber sido liberado del cautiverio renuncio a su fortuna y vivió ascéticamente como profesor de primaria en un remoto pueblo austriaco.

Era hijo del tardío imperio de Habsburgo, el cual era una construcción cociopolítica muy peculiar. Estado multinacional y multilingüistico, obsoleto frente a la tendencia generalizada en Europa de consolidación de estados nacionales. Este imperio sin emperador, reino sin rey vivía de un modo característicamente hipócrita, con una doble moral exaltada. Por eso no sorprende en esta atmósfera insincera la aparición del lenguaje arquitectónico purista de Adolf Loos, la crítica cultural en la literatura de Hermann Broch y Robert Musil, la apocalíptica ironía de Karl Kraus, el intento de encontrar la verdad en el alma humana de Freud, de Schnitzler y obviamente las músicas atonales de Schoenberg, Webern y Berg.

En ese sentido Wittgenstein es sintomático de la reacción contra la superflua sociedad vienesa de sus tiempo. De ahí su intento de buscar un pueblo inocente, sano de las enfermedades morales del imperio habsburgués. Como maestro rural en Austria, en una remota cabaña en Noruega, apartado en el oceano de Galway, su intento fracasado de instalarse en la Unión Soviética. Busquedas de la “Tierra de Nunca Jamás”.

En este ambiente cultural, donde el sentido deja de ser claro, donde el eufemismo aflora, es necesario hace una crítica y renovación del lenguaje. Fritz Mauthner en su Sprachkritik, Karl Kraus en su obra satírica, Wittgenstein en su Tractatus, realizán esta crítica intentando recobrar el sentido de la lengua y en el caso del último intentando encontrar el lenguaje puro, en su forma incorruptible. Un lenguaje que reflejase el mundo como realmente es. El segundo Wittgenstein se percata de que no hay un lenguaje puro, pues para funcionar necesitaria un mundo puro que reflejar, el cual no existe.

El lenguaje que se encarga de formular preguntas no es preciso. Quizá por eso las interrogantes filosóficas no se pueden resolver, porque son preguntas mal planteadas. Hay que traer de vuelta a las palabras, de su uso metafísico a su uso cotidiano. El uso metafísico del lenguaje genera los equívocos, así que habrá que combatir a la metafísica. Para los positivistas los asuntos metafísicos eran aquellos que no podían responderse con los métodos de la ciencia natural o la deducción lógica. Muchos veían a la metafísica como un residuo del pensamiento religioso. Sin embargo la metafísica que Wittgenstein combate es la que está enraizada en la ciencia, no en la religión. Dice en el Cuaderno Azul:

Los filósofos contantemente ven los métodos de la ciencia frente a sus ojos y son tentados irresistiblemente a resolver problemas como lo hace la ciecia. Esta tendencia es la verdadera fuente de la metafísica, y conduce al filósofo a una oscuridad completa.

En una colección de escritos publicada postumamente y titulada Culture and Value leemos:

[no hay nada absurdo en creer] que la edad de la ciencia y la tecnología es el principio del fin de la humanidad

Según Wittgenstein el mundo está constituido enteramente por hechos. Los seres humanos somos conscientes de estos hechos vía nuestras representaciones mentales de los mismos. Estás representaciones se expresan como proposiciones cuya forma indica la posición de estos hechos dentro de la naturaleza de la realidad como un todo y cuyos contenidos presentan las condiciones de verdad bajo las cuales se corresponden con la realidad.

Ahora bien, como un lenguaje propiamente lógico solo tendría algo que decir respecto al mundo entonces el juicio estético respecto a lo que es bello y el ético respecto a lo que es bueno trascienden los límites del lenguaje, pues están más allá de lo que puede ser representado: no son hechos. Es está clara delineación del lenguaje lógico lo que atrajo profundamente a los miembros del Circulo de Viena.

Las imágenes, en oden: Schoenberg, Berg, Webern y Wittgenstein.





Tchaikovsky: Quinta Sinfonía

12 03 2008

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La dimensión trágica del drama personal que Tchaikovsky revela en sus tres ultimas sinfonías quizá se ha diluido un poco desde sus tiempos. Gran bebedor -como todo hombre de valía-, apostador, homosexual. No eran las cartas de presentación que facilitaban la vida en la Rusia zarista. Sin embargo, la proyección hasta el cansancio de estas características en toda clase de telenovelas puede imposibilitar un poco al hombre moderno para entender el profundo drama del compositor ruso.

Tenemos al compositor genial con obras maestras en distintos géneros. Eugenio Onegin y La reina de espadas(opera); El lago de los cisnes, La bella durmiente y El cascanueces(ballet); una colección de canciones de una delicadeza exquisita; suites orquestales que fundaron la fama del autor en su tiempo; sus seis sinfonías (ocho en realidad, contando la Manfred y la inconclusa Séptima), siendo de la cuarta a la sexta indispensables, etc. Sin embargo al igual que Bruckner, de quien hablamos en una entrega reciente, el compositor ruso era bastante inseguro respecto a la valía de su obra. Entre otras cosas, contribuía a esta inseguridad el tremendo reconocimiento que obtuvo la Primer sinfonía de Brahms (algún crítico la llamó la Décima de Beethoven), cuya escritura sinfónica era radicalmente distinta a la de nuestro ruso.

Se ha comentado la gran diferencia en el carácter de una obra como la Obertura fantástica Romeo y Julieta y otra como la Quinta sinfonía. La primera es una gran retrato de caracteres, que busca describir los personajes que todos conocemos de Shakespeare, mientras la segunda reflexiona sobre el complejo drama que vivía Piotr Ilyich. Recuérdese aquella famosa frase de uno de sus diarios: Lastimo, luego existo. Era tanta la inseguridad de Tchaikovsky que en una carta a Nadezhka von Meck escribe sobre la Quinta: “La sinfonía es demasiado colorida, demasiado pesada, insincera, deslucida, en general desagradable. Con la excepción de [Sergei] Taneyev quien insiste que la Quintaes mi mejor composición, todos mis amigos honestos y sinceros piensan pobremente de ella. ¿Podríamos decir entonces que estoy acabado?. ¿Ha comenzado el principio de fin?.”

Así de dramático. Al parecer, unos cuantos millones de escuchas piensan ligeramente distinto acerca de la sinfonía que nos ocupa. Si bien, suele ser opacada por sus vecinas (la Cuarta y la Sexta) y es definitivamente un trabajo más accesible que estas, eso no le quita validez a esta obra. El motto melódico que se repite en todos los movimientos junto con el profundamente melancólico corno del Andante cantabile son inolvidables. Martin Owenen el corno hace un trabajo estupendo en esta grabación. (George Gelles ha señalado que el solo de corno es una elaboración del tema de la última canción del op. 60, Las dulces estrellas brillaron para nosotros).

Daniele Gatti con la Orquesta Filarmónica Realpresenta una versión más apegada a los tiempos originales que Tchaikovsky indico en la partitura. Las versiones de referencia tienden a ser bastante más lentas que la versión que nos ofrece Gatti. Principalmente en las grabaciones más populares de los últimos 40 años el inicio se vuelve casi una oda fúnebre. Los tiempos “rápidos” hacen sonar más transparente y brillante a esta versión. El único objeción notable es el nivel de volumen general de la grabación, inexplicablemente bajo, lo cual obliga a subir el volumen en los pasajes más delicados. Además el microfoneo distante hace que algunos detalles suenen un poco vagos. Sin embargo, esto queda suficientemente compensado por la excelente interpretación de Gattiy la OFR. A este director solo le conocemos otro disco con Las fuentes de Roma, Los Pinos de Roma, y la Fiesta Romana de Ottorino Respighi. Creemos que es un director del que se hablará mucho a corto plazo….

Versiones memorables: Demasiadas. Obviamente los sets son todas las sinfonías por Karajan (Deutsche Gramophon). De estos se suelen preferir las versiones con la Sinfónica de Viena sobre las posteriores con la Filarmónica de Berlín. Una ganga con todas las sinfonías se encuentra con la orquesta Bournemouth y Andrew Litton (Virgin Classics). Mravinsky grabó con la filarmónica de Leningrado las sinfonías 4ta, 5ta y 6ta (DG), indispensables como tanto de lo grabado por este director. Ashkenazy escogió estas mismas obras para realizar una de sus primeras grabaciones (Decca). Dentro de las recientes vale la pena escuchar la de Mariss Jansons con la filarmónica de Oslo.





Wagner: El anillo orquestal

2 03 2008

“Según lo que mis pasiones demanden de mi, es en lo que me convierto: músico, poeta, director, autor, conferencista o cualquier otra cosa.”

Richard Wagner en carta a Franz Liszt.

“Si uno no ha oído a Wagner en Bayreuth, no ha oído nada. ¡Lleva muchos pañuelos porque llorarás mucho!. ¡También lleva algún sedante porque te excitarás hasta el delirio!.”

Gabriel Fauré, carta de 1884.

“¿Es Wagner un ser humano?. ¿No es más bien una enfermedad?. Contamina todo lo que toca -enfermó a la música. Mi postulado: el arte de Wagner es una enfermedad.”

Friederich Nietzsche, “El caso Wagner”.

“Me han dicho que la música de Wagner es mejor de lo que suena.”

Mark Twain en su autobiografía.

El tema de la redención a través del amor de una mujer es recurrente en las óperas (¿en la vida?) de Richard Wagner. Cuando terminó el texto para su tetralogía del Anillo, en 1853, lo imprimió y leyó frente a un grupo de conocidos, incluyendo al generoso mecenas Otto Wesendonck, cuya esposa – que estaba enamorada de Wagner- escribió unos poemas que Richard musicalizó, además de inspirarle parte de Tristán e Isolda. Creo recordar algún precepto cristiano que invita a no desear a la mujer del prójimo. Wagner no asistió a la sesión que explicaba la teoría y práctica de dicho precepto, a juzgar por su repentina huida del círculo Wesendonck. Esta idea queda reforzada por el desenlace de la relación con Cosima Liszt… pobre von Bülow.

Ahora bien, representar las muchas variantes del amor, espiritual y erótico, llevó a Wagner a desarrollar una técnica cada vez más compleja para relacionar temas, o leitmotifs, que podían referirse a un personaje, pasión u objeto en escena. La intención última de Wagner era la creación del Gesamtkuntswerk (la obra de arte total).

Su “modesto” intento en este sentido: una ópera que dura unas 16 horas, dividida en cuatro jornadas, la cual necesitaba recursos inexistentes en su época para poder ser interpretada. ¿Soluciones?. Sencillo: reeducar a los músicos, a los cantantes, redefinir la idea de lo que era una puesta en escena, escribir un libreto con pretensiones literarias altísimas. Ya de paso también construir un teatro a medida para poder interpretar esta “obra de arte total”, El Anillo del Nibelungo (los hay quienes piensan que los Nibelungos son los asistentes asiduos a la cantina El Nivel -que tristemente ha cerrado hace poco después de más de un siglo de operaciones en este DF, pero Wagner prefirió fuentes más arcaicas y cargadas de significación mítica para su ciclo).

Para aquellos que olvidamos el alemán que no nos enseñaron en la primaria y nos dedicamos después a cosas más urgentes, puede ser un poco complicado acceder al mundo del Anillo. Estas épocas de DVD y puestas en Bellas Artes con subtítulos pueden ayudar, pero aún así el universo wagneriano puede parecer apabullante para el principiante. Y es ahí donde el disco que presentamos me parece excepcional: una selección de los pasajes orquestales de El Oro del Rhin, La Valkiria, Sigfrido y El Crepúsculo de los Dioses, hilvanada a modo de suite sinfónica, respetando cada nota del original. Con su escucha, amable y paciente lector, ya le irá quedando más claro a que bando se une (revise usted las cuatro citas al principio de esta nota, para entender a que nos referimos con lo de “bando”).

Lorin Maazel cuenta como Wieland Wagner (nieto del compositor y responsable de la “nueva ola” wagneriana de la década del 50) al escucharlo ensayar Lohengrin sin cantantes le dijo

La orquesta, ahí es donde está todo, el texto detrás del texto, el subconsciente universal que une los personajes wagnerianos entre si y con el proto-ego de la leyenda.

Quizá nadie mejor que Maazel para revelarnos ese Urtext que es la orquesta en Wagner. Maazel fue el encargado de el regreso del Anillo al repertorio de la Orquesta Alemana de Berlín en 1965, cuando no se había puesto desde tiempos anteriores a la segunda guerra mundial, cuando Bruno Walter estaba a cargo de dicha orquesta. El resultado es francamente conmovedor. Casi cualquier persona que guste del siglo XIX tiene alguna grabación con las oberturas wagnerianas, pero está síntesis sinfónica de Wagner funciona de otra manera. El sonido es tan espectacular como acostumbra Telarc, amenazante en algunos momentos, aunque hay que señalar algunas limitaciones propias de una grabación de estudio. Por ejemplo, los enanos martillando al inicio de El Oro suenan más a Disney que a Wagner. Aún así, los metales suenan con suficiente cuerpo y las cuerdas suficientemente sedosas en donde se requiere.