El barroco y Heath Ledger

24 01 2008

El pasado día 22 falleció el actor australiano Heath Ledger. Creo que su caracterización como Ennis del Mar en Brokeback Mountain le garanztiza su lugar en ese tan gustado panteón del imaginario moderno: vivió muy rápido y muy poco. Hace un par de años comentaba una banda sonora de total relevancia para estas páginas. Reproduzco el comentario sobre esa película

Feministas, sibaritas, filósofos y fornicadores combatidos a muerte por la burocracia conservadora. No hablo de un servidor y sus cuates vs. alguna asociación de padres de familia. Es la iglesia italiana del siglo XVIII contra Casanova, que de alguna manera condensa al menos tres de los cuatro atributos señalados. Por alguna razón no resulta chocante hoy día considerar a un aventurero, bebedor y mujeriego con un hombre de valía. El público parece identificarse más con este proto-007 (encarnado por el reciente Marlboro Country Gay Heath Ledger) que con las patéticas autoridades eclesiásticas personificadas por el obispo Pucci (Jeremy Irons).

Afortunadamente Lasse Hallstrom abandono su reciente factura impecable pero poco excitante a favor de un tono fársico para nada lejano a la ópera buffa italiana. Nos evita la simplista (y en ciertos excesos recientes, aburrida) fidelidad histórica. Por ejemplo, el uso de las poco confiables Memorias de Casanova es mínimo. A partir del personaje los guionistas Kimberly Simi (sigo investigando si tiene alguna relación con el enigmático ¿malévolo? Doctor) y Jeffrey Hatcher escriben un guión muy a tono con la comedia ligera contemporánea del personaje protagónico, como la del igualmente veneciano Carlo Goldoni. Lo que pudo haber sido una épica histórico biográfica con trajes recién hechecitos se convierte en algo que bautizaré como spaghetti-musical-action-venetian-western. El Casanova que vemos aquí es muy distinto del decadente nostálgico Donald Shuterland, el aún más decadente y nostálgico Marcello Matroianni o el deliciosamente perverso Geoffrey Rush. Por desgracia es un Casanova que termina enamorado y enderezado, pero es defecto menor y perdonable de la película, que no de la realidad.

Siguiendo con la analogía culinaria, si usted gusta un buen pesto sobre unos retorcidísimos eliches, está historía llena de giros cumplirá a cabalidad. Si usted prefiere unos rectos fideos con jitomates pelados Sin Complicaciones, pues el guión le puede resultar indigesto. Entre juicios, duelos, persecuciones y huidas vemos la eterna lucha entre la represión religiosa y el deseo de liberación sexual, entre la pureza de ánimo y la hipocresía, entre la Inquisición y los que solo quieren divertirse. Si bien no pretende mayor profundidad no carece de momentos graves. A nadie le hace gracia ver autoridades religiosas persiguiendo las muestras de vitalidad con tortura y muerte. Sexy sin llegar a la vulgaridad la película tiene un eje fundamental que obliga su presencia en nuestras páginas: su peculiar banda sonora.

Quién la vea no podrá evitar esa sensación de haber escuchado antes la música, pero no exactamente así. Lo que ocurre es que frente al dilema de comisionar música original o utilizar partituras de época la solución fue original por lo menos: utilizar fragmentos de obras originales pero hilvanados a modo de crear una especie de collage. El que está aproximación atrevida se lograse en un medio tan poco dispuesto a arriesgar como el de Hollywood es función de varios factores. Lasse Hallstrom obtuvo una sólida formación musical en su nativa Suecia. Una de sus primeras películas se desarrollaba en el mundo de la ópera. El estudio que produjo la cinta, Touchstone Pictures, quería una banda sonora original. Hallstrom y su equipo tenían dudas, así que la filmación comenzó sin que estuviese decidido el apartado musical.

En Venecia durante la filmación el editor Andrew Mondshein comenzó a experimentar con fragmentos de Vivaldi y Albinoni. El consenso apuntó hacía la ópera buffa de la época, siendo ese el espíritu que transparentaba la película. Sin embargo, el uso de música demasiado familiar no pareció del todo apropiado, por lo que se contrató a un editor musical especializado, Roy Prendergast.
Este realizó una selección de números orquestales de varias óperas de la época, principalmente del francés Jean-Philippe Rameau. También escogió música de Giovanni Paisiello, Arcangello Corelli, Leonado Leo y Francisco Durante, aparte de los obvios Vivaldi y Albinoni. De España tomo música de Soler y de Suecia de Johann Helmich Roman. Al final Prendergast generó sesenta minutos de música cortando y pegando de entre las partituras seleccionadas. Es decir, aparte de un fragmento de Telemann y otro de Händel que aparecen en su forma original, toda la demás música barroca es una especie de cadáver exquisito. Adicionalmente el compositor francés Alexandre Desplat compuso algunas piezas adicionales en el estilo de la época, principalmente para los momentos más íntimos.

Finalmente se ensambló un conjunto de 40 músicos especializados en la interpretación barroca con instrumentos de época y se grabó la totalidad de la banda sonora “original”.
El resultado es fascinante. La intención de Hallstrom no era simplemente duplicar la acción en el plano musical como se acostumbra tanto en las bandas sonoras recientes. Según el mismo su intención era agregar ironía, color o sombras sobre la imagen. Por esta razón se decidio mezclar la música como si fuese otra voz y no música de fondo.

Por un momento se pensó en incluir música de Mozart, pues es leyenda conocida que el salburgués consulto a Casanova mientras componía Don Giovanni. Esto nunca se ha comprobado pero hay mayor consenso respecto a la asistencia del mítico seductor al estreno de dicha ópera mozartiana. A pesar de la cercanía en el tiempo Pendergast no encontró ninguna selección funcional. Es radical el cambio que la música de Mozart presenta frente a obras apenas unos 30 años anteriores a su obra. De ahí que finalmente Mozart no se haya incluido en la banda sonora final.

Los puristas seguramente se rasgarán las vestiduras ante el cópula de fragmentos de autores diversos. Sin embargo estoy seguro que la exposición que logra la música barroca a lo largo de la cinta generará más de un converso. Para quienes se quejan del perpetuo encogimiento del público de la música clásica esto no puede ser mas que una buena noticia.

Dirige: Lasse Hallstrom; escriben: Kimberley Simi y Jeffrey Hatcher; fotografía: Oliver Stapleton; edita: Andrew Mondshein; Actúan: Heath Ledger, Sienna Miller, Jeremy Irons, Oliver Platt, Lena Olin, Charlie Cox y Omid Djalili.





Otra reflexión sobre la distribución de contenidos

7 01 2008

El fenómeno de la música en línea es complejo y multifacético. Desde los azares del archivo compartido vía plataformas P2P (me encanta el nombre del protocolo; literalmente lo podríamos traducir de igual a igual) que generalmente implica ilegalidad, pues se intercambian gratuitamente archivos protegidos por algún modelo de derechos de autor, hasta la venta de música en forma de descargas. Desde el archivo monoaural a 64 kbps que sirve para que nuestras hermanitas disfruten a Britney Spears (ooops) hasta los archivos con formatos lossless (comprimidos pero supuestamente sin pérdida de calidad) que los audiófilos difícilmente aceptan frente al CD o al vinilo.

Formatos y calidades aparte, algunos aficionados a las tecnologías digitales resaltamos un aspecto: la posibilidad de ampliar la difusión de escenas marginales. Volviendo a Britney, cualquiera de sus discos se encuentra en el supermercado, tienda de discos o tianguis, original o pirata, en Polanco o Tepito hasta Filipinas y Togo. Sin embargo, si buscamos una grabación de música virreinal de la Nueva España, o algún compositor vivo mexicano, ahí la cosa se puede volver peliagudísima. Es ahí donde estoy convencido que los medios de distribución digital pueden salvar el abismo que separa al creador de sus posibles consumidores.

Un nuevo libro de Chris Andersontrata el tema en extenso: The Long Tail. Uno de los argumentos centrales de Anderson es que el Internet está cambiando un aspecto tradicional de la venta de discos, llamado la regla 80/20 (nada que ver con el 40 y 20 de José José). Esta supone que el 80% de las ventas (y generalmente el 100% de las ganancias) provienen de la venta del 20% de los productos que ofrecen. Pongamos en estos términos el argumento de Anderson: el espacio en tiendas, aunque sea un difunto Tower Records en el DF, es limitado. No se puede tener, y mucho menos exhibir, todos los libros y todos los discos que circulan. Pero los espacios virtuales, como Amazon o iTunes gozan de anaqueles infinitos.

Esto puede sonar absurdo, pero un importante ejecutivo de una disquera trasnacional me contaba hace no mucho que el costo de almacén de los discos es tan alto, que ya no importan a México más que lo que los vendedores al menudeo les piden directamente. Y cuando no se vende un disco, lo más barato es destruirlo, porque eso se deduce de impuestos.

Así las cosas, es convincente la idea de Anderson de que la enorme oferta en línea produce una demanda cada vez más fragmentada. Afirma que en el futuro estás ventas menores pero continuas de productos con un nicho marginal de mercado (y aquí entra todo lo de nuestra querida música clásica que no es Karajan, Pavarotti, Los Tres Tenores o Bocelli) pueden llegar a ser tan importantes como los grandes éxitos. De aquí el título del libro, La cola larga, es decir, la extensa lista de productos que no se venden por decenas de miles sino apenas por cientos.

El problema de los formatos y restricciones para copiar contenidos digitales sigue siendo discutido. Ciertas tiendas digitales prefieren formatos que algunos reproductores portátiles de música no pueden reproducir. Es decir, no hay un vocabulario universal en términos de licencias ni de formatos. Así el consumidor se encuentra con una cantidad apabullante de ópciones. No es lo mismo comprar en iTunes, que en eMusic, en Wallmart que en Woolworth. El sello inglés de música clásica Chandos tiene su tienda en línea, y siguió un modelo distinto al de las tiendas más populares para vender su extenso catálogo en línea.

A pesar de lo contundente y documentado, el libro de Anderson no me convence del todo. Mi deseo quiere coincidir con él, pero la realidad de la red me dice otra cosa. Cada vez hay más tiendas de música en línea, y son varias las que ofrecen más de un millón de pistas en su catálogo. Sin embargo, no hay un mecanismo innovador, interesante, para hacer que los consumidores conozcan, consulten, se interesen por nuevas músicas. Quizá uno de los modelos más abiertos para la exploración y el descubrimiento sea el de eMusic. Mientras la mayoría de las tiendas cobran un precio fijo por pieza descargada, eMusic tiene un modelo de suscripción. Por unos 150 pesitos uno puede bajar 40 MP3 al mes. Por unos 220 se pueden bajar 90. Siendo el precio por pieza de una cuarta parte del promedio en línea, este modelo parece invitar más a los usuarios a arriesgarse con las recomendaciones que se encuentran en sus páginas (las típicas “quienes compran X también compran Y y Z”).

Aquí es donde la lógica de los negocios habrá de ponerse a prueba los próximos años. Seguir vendiendo millones de copias de unos cuantos productos, aunque los demás apenas se vendan, o buscar repartir las ventas entre un catálogo más extenso.

Obviamente otra ventaja de la www (en los tiempos del MODEM como única vía de conexión, burlonamente interpretabamos este acrónimo como World Wide Wait) es la hiperfragmentación que permite. Hay vendedores especializados en cualquier subgénero imaginable. Tiendas de punk, música electrónica dividida en más de 50 géneros, música del mundo (worldmusic) y cada vez más tienditas de música clásica. Los servicios especializados en música electrónica son particularmente interesantes en su evolución. La música electrónica bailable (al menos una parte importante de ella) es creada por miles de productores menores. Es decir, no gira en torno al sistema del estrellato, como el rock o el pop. Por lo tanto el efecto de tener un millón de pistas cuidadosamente seleccionadas, acordes a una visión estética coherente de la música bailable, hace que esas tiendas funcionen con una línea editorial clara y segura. Aunque la porción de mercado que comparten estás tiendas es muy pequeño frente a iTunes, es interesante ver que el volumen de ventas gigantesco de esta última se centra en unas decenas de artistas, mientras las tiendas pequeñas dividen sus ventas de modo más horizontal, en una parte mucho más extensa de su catálogo.

Hay una razón para extenderme en la reflexión sobre el mercado de la música electrónica. Imaginemos esto extrapolado a al música clásica. Imaginemos una tienda donde podamos comprar a precios accesibles las grandes obras del repertorio clásico interpretadas por orquestas mexicanas. Otra donde no haya un corte con Karajan, Bernstein, Furtwängler o Toscanini, sino con todos los “otros” grandes directores del siglo XX, etc. Las tiendas en línea permiten un grado enorme de especialización sin sufrir por los elevados costos de distribución, que no garantizan la venta. Es decir, si se producen mil copias de un CD, seguramente habrá público interesado que jamás lo verá en tiendas a su alrededor, mientras en algunos anaqueles permanecerá años sin venderse. En el modelo de la distribución electrónica, de la música descargable, el público interesado podrá tener acceso instantáneo al material. ¿Un sueño?. Espero que la realidad nos sorprenda pronto.

The Long Tail de Cris Anderson fue publicado por Hyperion en el Reino Unido.