Chausson: El Rey Arturo

9 08 2007

Chausson_Ernest.jpg

Quienes imponen instintivamente a una biografía artística los acostumbrados clichés del bohemio atormentado, con lo justo para habitar un cuchitril y cenar (como en buena película tanguera) un café con leche invitado, quizá prefieran no leer el siguiente párrafo. No vayamos a menguar la fama -injustamente escasa- del fascinante Ernest Chausson.

Hombre simpático y cultivado, coleccionista de arte , gran lector (un cuento de Turgenev es la base de su Poema para violin y orquesta) y con una considerable fortuna que le permitía dedicarse a lo que le diese la gana. Con un matrimonio idílico y feliz, padre de cinco hijos y, por si fuera poco para alejarlo del cliché decimonónico de genio, doctor en derecho. Además era talentoso como dibujante y capaz como escritor. Su inclinación generosa lo hacía ayudar económicamente a varios de sus amigos artistas, con frecuencia a Debussy.

Por otro lado, toda su vida sufrió profundamente por su inseguridad respecto al mérito de su obra musical. Claude Debussy no dejaba de reprocharle su gusto por Wagner. En su veneración a la concepción musical y escénica de Wagner Chausson no hacía más que seguir una casi inevitable vocación francesa. La primera representación en Francia del Tanhäuser wagneriano tuvo lugar en 1861. El escándalo que provoco fue tan grande que tuvieron que pasar veintiséis años antes de que una ópera de Wagner se volviese a poner en París (Lohengrin, en 1887, dirigida por Charles Lamoureaux, con ayuda de Vincent d'Indy). Sin embargo, la impresión que Wagner dejo con su Tanhäuser fue tan duradera, que los artistas franceses en general siguieron disfrutando la música wagneriana en versiones reducidas para piano, además de leer ávidamente los extensos textos del maestro. Cuando el Ciclo del anillo se estrenó finalmente en Bayreuth en Agosto de 1876, muchos compositores peregrinaron rumbo a la sagrada sede wagneriana. Desde Saint-Saëns y Catulle Mendès hasta Mallarmé y Proust, casi toda la intelectualidad francesa fue tocada profundamente por Richard Wagner. Citemos, por ejemplo, el famoso texto de Charles Baudelaire Richard Wagner et Tanhäuser à Paris:

Suyo es el arte de traducir, por gradaciones sutiles, todo lo que es excesivo, inmenso, ambicioso espiritualmente y naturalmente humano. Escuchando esta música ardiente y despótica uno descubre nuevamente, pintadas en las profundidades de una reunión a oscuras desgarrada por sueños, las borrosas imágenes inducidas por el opio.

La obsesión de Chausson por Wagner era tal que pasó su luna de miel en Bayreuth para poder oir Parsifal (dirán que no es tan grave, hay gente que se casa el día de la final de Fútbol para ir a celebrar al estadio).

Más de un siglo después, las bajas ocasionados por la batalla artística entre el alemán Wagner y el francés Debussy siguen siendo graves: más de una docena de óperas olvidadas simplemente porque no sonaban tan francesas como Pelleas et Melisande, entre ellas Le roi Arthus. Se le ha considerado a esta última como la culminación de la obsesión francesa por Wagner que abarca Gwendoline de Chabrier, Fervaal de d'Indy además de Le roi d'Ys de Lalo.

Al igual que muchos de sus contemporáneos, Chausson puso música a varios poemas simbolistas, sintiéndose cada vez más insatisfecho con los resultados. Necesitaba usar un texto que hubiese sido escrito pensando en términos musicales. Decidiose entonces a escribir su propio libreto para una ópera. El resultado, tanto en verso como en prosa, lo dejó tan satisfecho que pensó incluso en presentarlo como obra teatral.

La elección del mito arturiano es significativa. Wagner lo había usado en Parsifal, pero el tratamiento que del tema hace Chausson es diametralmente opuesto. El francés no celebra lo que el mismo llamó alguna vez "el amor egoista entre Lancelot y Ginebra". Una cita de su diario nos hará ver cuan antiwagneriano resulta Chausson en las cuestiones del amor:

Lo que comúnmente se llama amor es un deseo de placer centrado en uno mismo. El amor es lo opuesto de esto. Es el deseo de darse uno por completo, totalmente. La Creación fue un acto de amor divino, una necesidad de expandirse.

 
Habría que preguntarle por ejemplo al marido de Matilde Wesendonck si esta era la visión amorosa de Wagner. La cuestión es que los personajes de Le roi Arthus son iconos de un deseo fundamentalmente destructivo, sin la búsqueda de aquel umbral hacia el Infinito típica de la obra wagneriana. La diferencia absoluta entre los finales de Parsifal y Le roi Arthus ilustran esto a la perfección. En Wagner la carne se funde con la esencia del Universo, con el escenario lleno. En Chausson el escenario está vacío, la atmósfera llena con el coro ausente entonando las últimas frases del libreto: Sobre tu frente real, que desdeño hasta a la victoria, pende la suprema gloria, de haber creído en un mundo ideal.

Pasión, traición, perdón y resurrección. Un uso de la orquesta mágico y roles demandantes y complejos para los personajes principales. ¿Cómo luce puesta en escena?. Esperemos que algún día los aficionados mexicanos puedan saberlo. En definitiva una obra que merece ser producida.