Se sabe que Bruckner comenzó a bosquejar su Séptima sinfonía durante sus vacaciones en el monasterio de Saint Florian en 1881 y la terminó en 1883. Durante esos dos años el austriaco tuvo algunas experiencias que indudablemente influyeron en su composición. En verano de 1882 viajo a Bayreuth para disfrutar de la última opera wagneriana: Parsifal. Su impresión fue tal que a lo largo de ocho años presenciaría más de diez veces dicha opera y hasta el final de sus días como organista no dejaría de improvisar sobre temas de la misma. En una época sin la maravilla del sonido grabado, es importante indicar que la única obra que escucho más veces fue el Réquiem de Mozart. Imagine usted, paciente lector, la impresión que causo en el sensible Bruckner la noticia de la muerte del maestro en Venecia (13-II-1883), justo cuando Wagner acababa de renovar su promesa de interpretar todas las sinfonías del organista de Linz.
No es de extrañar que el adagio de su Séptima sinfonía incluya tubas tenor y baja, tan usadas en el Anillo del Nibelungo, y que la coda sirviese, según el mismo Bruckner, de oda fúnebre a Wagner. Pero eso no es lo único que hace de la Sinfonía en mi mayor un caso único en el opus bruckneriano. Como usted sabe amable lector, la inseguridad respecto a su propia obra, y el deseo de que fuese interpretada, hizo que Bruckner revisara todas sus sinfonías. Existen distintas ediciones de cada una y en algunos casos los cambios son enormes. La Séptima es la que sufre menos por este problema, siendo quizá su parte más polémica el famoso uso de las percusiones en el clímax del adagio, que el compositor añadió a petición de los hermanos Schalk. Eso si, lo añadió en un papelito pegado a la partitura con la leyenda “no válido”. Herreweghe prescinde de los polémicos platillos pero conserva los timbales en esta grabación.
La obra de Bruckner sufre en ocasiones por el deseo de algunos directores de personalizar en extremo sus propias versiones. En el caso de Herreweghe, como es su costumbre, la apuesta es por una interpretación “de época”. Encordados de tripa, flautas con boquilla de marfil, fagotes de palo de rosa, cornos y trompetas según especificaciones del siglo XIX, etc. Incluso el tamaño de la orquesta es reducido para los estándares actuales, replicando el tamaño de la orquesta de la Gewandhaus de Leipzig al momento de estrenarse la obra. Y es aquí donde Herreweghe a causado mayor polémica. La calidad de la grabación es excelente en cuanto posicionamiento estéreo, cantidad justa de sonido ambiental, etc. Pero la reducida dimensión de la orquesta y el uso de instrumentos de época no logra esa grandeza que se espera normalmente en el sonido bruckneriano. Principalmente se extrañan unos graves más potentes. Para quienes siempre han encontrado a Bruckner un poco pesado y demandante sonoramente hablando, esta es una buena oportunidad de escuchar una versión “ligera”. Para quienes gustamos del Bruckner espectacular, apoteósico, queda el recurso de las versiones comentadas al final de esta nota.
Como dato curioso hay que señalar que se ha vinculado a Bruckner con el nazismo de manera incomprensible (en el caso de Wagner, él si era abiertamente antisemita y muy admirado por el Führer). Pues esta asociación parece estar fundada en el hecho de que la radio alemana escogió el adagio de la sinfonía que estamos comentando para fondear el anuncio de la muerte de Hitler. Eso aparte, Bruckner es necesario en estos tiempos, pues si bien su obra no es “música absoluta” ni “misa sin palabras” como habitualmente se le ha calificado, si es definitivamente una verdadera catedral sonora. En estos tiempos de desencanto, leemos habitualmente Paradise Lost de Milton. ¿Quién lee Paradise Regained hoy día?. Bruckner siempre nos remite a la nostalgía por el paraiso perdido, y de alguna manera, logra reinstalarnos en él con cada una de sus sinfonías.
Versiones de referencia: Karajan, Filarmónica de Viena (Deutsche Gramophon). La calidad del sonido es impresionante, y para muchos tiene gran valor sentimental por ser la última grabación que realizó Karajan. El mismo hizo dos versiones previas con la Filarmónica de Berlín (EMI) que para muchos son más “brucknerianas”. Harnoncourt tiene una grabación en vivo con la orquesta vienesa (Teldec), buen punto para comparar la versión de Herreweghe. Rattle la grabó con la orquesta de Birmingham. Una versión reciente que está triunfando es la del octagenario Tintner al frente de la Orquesta Nacional Real Escocesa (Naxos). Para quienes gustan de las versiones verdaderamente canónicas sin reparar en el sonido deteriorado, la versión de Günter Wand con la filarmónica de Berlín (RCA) es el camino a seguir. Personalmente me gustan las criticadas versiones de Eugene Jochum y las indispensables, extensas de Celibidache, ambas en Deutsche Gramophon.
Aquí una selección del Adagio bajo la batuta de Jochum: