Distribución digital

4 05 2007

En una nota anterior hablamos de la fría recepción que en muchos sectores tienen los formatos de distribución digital y también comentaba la dificultad que generalmente supone encontrar grabaciones específicas. El usuario común tiende a llamar a la música en formatos digitales MP3. De hecho, este término se ha convertido en una especie de genérico: grábame unos MP3, te voy a enviar unos MP3, etc. La cuestión es que el omnimentado MP3 es solo uno de los muchos formatos en los que el audio se “comprime”, para lograr archivos significativamente más pequeños que puedan transferirse de manera más rápida por Internet u ocupen menos espacio en los distintos dispositivos de almacenamiento y reproducción. En una próxima entrega hablaremos de los muchos formatos que hay actualmente. Por lo pronto llamaré “archivo digital” a la música en forma de archivos manejables y transferibles por medio de una computadora, reproductor de audio, dispositivo especializado tipo organizador personal (Palm, Pocket PC) o teléfono celular. Hay que aclarar que en sentido estricto la música grabada en un disco compacto es un archivo digital, pero daremos por hecho el referirnos por separado al soporte físico tradicional.

Los nuevos modelos de distribución digital de contenidos ofrecen a mi juicio muchísimas ventajas, más aún en mercados como el de América Latina. Me pongo como ejemplo. Durante un tiempo viví en Valle de Bravo, Estado de México. Hay una librería en toda la ciudad, con una sección de discos pequeña y un mini apartado de música clásica. Imposible encontrar algo muy específico. Solo una estación de radio por AM, innecesario detallar la programación musical de la misma que iba de Lupita D’Alesio a los Tucanes de Tijuana, ida y vuelta… o quizá sólo ida, sin vuelta. No se trata de criticar o negar el valor de las músicas populares, el punto es que no había modo de saber que estaba pasando en escenas musicales específicas que me interesaban. Ni hablar del cine, el único que había se quemó hace unos años. Sin embargo, ocasionalmente visitaba algún café Internet con conexión ADSL, y descargaba programas radiofónicos (Podcast) directamente a mi reproductor MP3. En un par de horas, mientras revisaba mi correspondencia y leía el periódico y algunas revistas, ya tenía en mi reproductor de audio un excelente programa de ambient realizado en Australia, una revista de música contemporánea de Seattle, el programa de la Asociación de Compositores de Suecia, algún programa de la BBC comentando nuevas grabaciones y algún show hablado de la radio pública norteamericana. Podía estar al tanto, escuchar alguna grabación nueva meses antes de poder conseguirla físicamente, enterarme de que músico de mi agrado había participado en que película recientemente. Ni siquiera necesitaba una conexión a Internet en mi casa, la que de hecho era imposible viviendo en el bosque. Tres sesiones semanales de dos o tres horas cada una me tenían al tanto. Mis ocasionales visitas al Distrito Federal servían para abastecerme de los DVD y CD que ya había listado y seleccionado cuidadosamente.

Las disqueras se quejan constantemente de lo poco que venden. Lo que normalmente olvidan decir es que muchas veces los discos cuestan más aquí que en USA o Europa, y en promedio ganamos menos dinero. Es complicado mantener un modelo de negocios con precios que pueden ser razonables para quien gane el equivalente de 2,000 dólares a mes, pero que ciertamente serán prohibitivos para quien gane el equivalente a 500. Aritmética simple: alguien con un sueldo alrededor de la última cifra, que pague renta, servicios y comida, ¿cuántos discos de un equivalente a 25 dólares se puede comprar al mes?. Afortunadamente hay compañías que han entendido esto y ofrecen grabaciones de excelente calidad a precios muy menores. Esto ha hecho de sellos como Naxos o Brilliant, y los nacionales Urtext, Quindecim, LUZAM, pequeños consentidos de un sector del público potencial de la música clásica.

Es aquí donde los nuevos modelos de distribución de contenidos digitales podrían constituirse como una opción real y eficiente para tantos aficionados, ávidos de escuchar y conocer, pero con un acceso limitado a las grabaciones o salas de concierto. Con costos de producción y distribución más modestos, no es difícil imaginar álbumes electrónicos, con portadas, arte y notas incluidas a un precio reducido. De hecho, en la escena de la música electrónica hay una explosión de un fenómeno interesantísimo para el tópico que tratamos: las llamadas Netlabels. Básicamente un netlabel es un sello disquero que no produce grabaciones en soportes físicos. Los hay con muchísimos grados de sofisticación, llegando incluso a quienes ofrecen el audio sin comprimir en calidad cidí, con portada, contraportada y etiqueta para el disco incluida. Uno descarga el paquete, quema el audio en un disco compacto, imprime los materiales gráficos y los recorta para acomodarlos en un estuche convencional (jewelcase) o para pegarlo y formar una cubierta tipo sobre, imprime y adhiere la etiqueta al cidí quemado y listo. Tenemos un álbum de calidad profesional, producido ya sea en Tijuana, el DF, Francia o Japón. Muy importante, los contenidos son totalmente legales, no estamos hablando de piratería aquí. En los distintos géneros de la música electrónica, gracias a las computadoras cada vez más potentes y los programas cada vez más sofisticados, una misma persona puede componer, ejecutar, realizar la ingeniería, el diseño gráfico y la distribución. Obviamente el caso de la música clásica es distinto, pero cada vez hay más ejemplos de solistas y ensambles que arman pequeños estudios de grabación caseros y están distribuyendo música grabada por ellos de este modo. Hay también varios compositores que siguen el mismo camino, intentando que sus composiciones lleguen a un auditorio mayor. La mayoría de estos casos están animados por un interés promocional: el contenido no cuesta porque lo que se quiere es tener difusión. Muchos de los artistas de estos netlabels están logrando vivir gracias a presentaciones en vivo, logradas gracias al nombre que se han creado vía sus álbumes virtuales.

La brecha que separa a los que tienen y a los que no tienen acceso a la información sigue siendo grande. Los modelos de distribución digital pueden hacer que esta brecha disminuya más rápido que por la vías más convencionales.