La estética post-digital tuvo una de sus mejores presentaciones en México este 22 de marzo en el Museo Interactivo de Economía (MIDE). En menos de tres décadas el arte logro darle la vuelta completa a la revolución digital. Lejos quedaron ya los tiempos en que Kraftwerk declaraba con orgullo We are the Robots (somos los robots). Ahora la música generada con computadora o instrumentos electrónicos modificados toma como un elemento seguro y obvio las herramientas tecnológicas que hace tan sólo una década estaban en el centro del discurso estético. En ese entonces la discusión fundamental eran las interfases, el software, la elección entre las tantas posibilidades de manipulación del audio por la computadora, la modificación de las máquinas para producir resultados inesperados e inusuales.
Ahora la herramienta ha regresado a su lugar secundario. Este 22 de marzo en el marco de Radar6 no nos preguntamos si Fennesz estaba usando módulos escritos por él en Max/MSP en su computadora portátil o si estaba usando un plug-in básico para procesar todo. La experiencia sonora era demasiado urgente como para permitirnos esos momentos de reflexión. Nicholas Negroponte afirmó en su libro Being Digital que la computadora había llegado. Esto es, que ya formaba parte indispensable de la realidad de un segmento de la población. Parece que todos los que llevamos 20 años interesados en ser “digitales” ahora sufrimos el efecto del péndulo: ser humanos.
Vimos a dos guitarristas escenificando esta lucha. En su concentrado observar de parpadeantes píxeles Fork parecía oscilar entre la devoción a su computadora y una especie de odio hacia ella por ser tan demandante (¿alguien dijo relaciones de pareja?). Sin embargo en sus momentos de enfado, la castigada era su guitarra y nosotros junto con ella. Produciendo una serie de paredes de ruido, paisajes sonoros que todo el tiempo estaban a punto de rebasar el umbral del dolor. Y no lo digo en sentido figurado. Cualquiera que tenga experiencia con estas estéticas post-digitales sabe que la experiencia física extrema, dolor incluido, es parte fundamental del discurso musical en cuestión. Por momentos sudan las manos, tiembla el cuerpo al ritmo de los subgraves generados, ¿nausea?, y los oídos son taladrados intermitentemente por frecuencias seguro arriba de los 16,000 hertz. En ese sentido, el espacio físico que se utilizo parecía un cómplice ideal para esta música. Con tantas superficies de piedra y ángulos para refractar y modificar el audio, las oleadas de sonido se volvían por momentos indescifrables. A pesar de la ausencia de melodías y ritmos fácilmente identificables, Fork se ubico dentro del espacio tradicional de la “pieza”, esto es, intervenciones como de tamaño canción, seguidas de silencios para cambiar parámetros en su ordenador.
Por otro lado, después de una pausa quizá demasiado prolongada para reordenar el escenario, Christian Fennesz nos obsequio con una presentación más contenida en lo histriónico y en la relación física con su guitarra. Con un sonido muy cercano a su disco Venice pudimos alternar entre los momentos de meditación, casi pastorales, del burbujeante lamento digital hasta canciones de cuna pensadas para robots con sentimiento de abandono. Por momentos agresivo, su recorrido musical no dejó de regresar a momentos de meditación casi zen. Quedó totalmente claro el momento que vive la música creada con medios digitales. La metáfora biológica sugerida por Robert Pepperell y Michael Punt en su libro The Postdigital Membrane se puede aplicar correctamente para describir el concierto que nos ocupa: mientras el modelo binario de la matemática computacional implica un sí o un no, una ausencia o una presencia, el medio post-digital se constituye por una membrana permeable, como la de las células, que a la vez separa y conecta fuerzas competitivas y contradictorias. Lo humano de la presencia y el contacto físico con el instrumento de Fennesz convive con la lógica de los unos y ceros de su computadora portátil. El resultado, inolvidable.